1. La vi parada ahí

So how could I dance with another
Ooh, when i saw her standing there?

Lennon – Mc Cartney
I saw her standing there
Álbum: Please please me (1963)

El club de la Sociedad de Fomento Cultural y Deportiva Villa San Emilio ocupaba menos de un tercio de la manzana dibujada sin gracia por las calles Boulevard de los Italianos, Casacuberta, Matanza y Cangallo allá en el límite entre Villa Domínico y Wilde, trazado de malas maneras por el borroso Boulevard, en realidad una calleja tiznada de hollín y ahogada en musgo que ostentaba el privilegio de ser la única asfaltada en varias cuadras a la redonda.
El “clú”, así a secas, era el centro de la vida social del barrio. En Carnavales lo envolvía una cálida atmósfera, un denso aire casi inmóvil, espesado por lentejuelas y sudores y papel picado con gusto a sal y a tinta vieja, por efluvios de agua perfumada y de orinas reconcentradas de los baños que no conocían los artefactos de loza sino apenas el cemento alisado con esmero en las insondables curvas de los retretes. Allá abajo era mejor no mirar.
En las pesadas noches de carnaval las familias iban al clú y ocupaban las mesas de chapa invariablemente cubiertas de cáscaras de maní y goterones de cerveza y vino tinto en donde los chicos apoyábamos los codos justo antes de dormirnos en el sopor de un tango amilongado.
Todos y cada uno teníamos asignados roles más o menos fijos en aquellas noches.
Los señores de edad aportaban su dignidad de acantilado, subrayada por panzas enormes, surcadas por gotas de sudor, que resbalaban por el cuello, rebelde a la corbata, desde sus nucas de hipopótamo delicadamente talladas esa misma mañana por la mano maestra del petiso Mediolitro, fígaro mínimo de aquel culo del mundo que era mi barrio.
Las señoras de complicados peinados que se deshacían bajo la inclemencia de los sudores y de los abanicos de papel vigilaban con ojos de lechuza, de buitre y de gallina clueca las evoluciones danzantes de las hijas casaderas, embutidas rígidamente en almidón y spray, torpemente asediadas por manos que revoloteaban alrededor de talles y corpiños, enloquecidas de modesta lascivia propiciada por la ocasión.
Los chicos íbamos a lucir nuestros disfraces de Zorro, de árabe, de bailarín exótico, de negrito rumbero o de una incomprensible mezcla de todos esos personajes, proezas costuriles de madres inspiradas más por la insolvencia económica que por la imaginación. Aún recuerdo con amor y punzadas de nostalgia agridulce un chaleco bordado de lentejuelas de todos los colores. Tenía cinco años y por una vez en mi vida pude sentirme envuelto en una liviana nube de luz.
Los jóvenes solteros se agrupaban al borde de la pista de baile como guarangos gallitos malamente perfumados que se daban ánimos unos a otros mientras competían sordamente por una mirada o por una oportunidad de bailar. Las mujeres solteras sufrían calladamente su anhelo de ser elegidas aunque sea una vez. Alguna, que ya había sido elegida en pecaminoso secreto, disparaba rápidas miradas a la mesa de su galán casado, que disimulaba, roído por la culpa y el deseo.
En ocasiones una típica de tercera arrimaba sus bandoneones a la espesa noche de Domínico y las parejas criollas salían a lucirse a las pistas, mientras las familias italianas y gallegas miraban con desprecio y secreta envidia el baile vernáculo. Cuando sonaban los pasodobles, los baiones y los foxtrot, en cambio, la pista se volvía ecuménica en aquel todos contra todos sazonado de serpentina, papel picado y sudores difíciles de disimular. Los más jóvenes esperaban los twist y los rocks para lucirse en virajes, arrastres y tirones ampliamente desaprobados por todas las colectividades.
El carnaval pasaba pronto. Mi familia cumplía religiosamente con las tres noches de baile matizadas por sendas visitas al corso de la avenida Las Flores. Después volvíamos al encierro cotidiano delimitado por las paredes exteriores y el alambrado del fondo, la casa a medio construir y la quinta repleta de tomates de olor amable y áspero , de “cucuzzas” que colgaban como jugosos tesoros semiocultos entre hojas y zarcillos verdes y brillantes, de dulces higos reventados cubiertos de moscas, de botellas de salsa de tomate enterradas de año en año y que eran gloriosas de encontrar, de cañas altas como lanzas, con sus penachos dorados allá contra el azul, de granadas rojas y más dulces de partir que un corazón, de baldosas grises barridas por la lluvia, de limoneros y naranjos que abrían sus azahares, ojos blancos de la noche perfumada, la noche quieta, de las noches de febrero en que mi padre me mostraba con sus gordos dedos morenos los planetas y las constelaciones y la Vía Láctea era toda de leche y miel.
Pero a la hora de ir a dormir, en la soledad de un cuarto pintado de sombras, las noches me aterraban hasta el insomnio, hasta el deseo de morir. Allí, bajo las sábanas, eran el lloro y el crujir de dientes. Noche tras noche, sofocado por el cubrecama con que intentaba detener lo inevitable, un miedo que me fisuraba los huesos y me infiltraba de pálidos terrores que me habrían de acompañar toda la vida, rogaba por la llegada del amanecer, del sol, siempre lejano en su lento viaje sobre otras tierras, sobre otros lugares más felices.
Mis miedos no tenían formas precisas. Pero en el último repliegue de la noche, en su silencio más profundo, el terror era rey. El silencio paría sombras que se retorcían en las paredes como gusanos o como serpientes, mientras yo trataba de beberme con los ojos toda la oscuridad y rogaba por el sol, el sol, el sol.
Pero había pequeñas treguas: un último transeúnte, un caballo atado un carro, una pareja que volvía a casa, la risa de una mujer, bastaban para calmar mis terrores. No estaba solo. Había un mundo de gente más allá de la oscuridad.
Mi noche de paz, de gloria, era la del sábado, noche de baile en el Club San Emilio. Los sábados me salvaban los lejanos compases de los tangos y los pasodobles que me llegaban desde cientos de metros, hilachas del mundo humano al que yo me aferraba con desesperación, cerrando los ojos a las sombras que estaban devorando mi niñez. Así logré aprenderme de memoria el modesto repertorio de piezas bailables del club: los tangos de D’Arienzo y de Castillo, los valses de Feliciano Brunelli, y de vez en cuando, entre cumbias y foxtrots, esa música que, aún en medio de la noche, de la nada, me hacía mover los pies y me llenaba de rara alegría: love, love me do/ you know I love you: la beatlemanía invadía lenta pero inexorable al oscuro Villa Domínico. Así lograba dormirme antes del amanecer.
Claro que todo dependía del viento. El viento que soplaba desde el río era el bueno. Un viento como un caballo oloroso a sauces y a barro podrido que me traía enganchados en su pelaje los compases, los bandoneones, las acordeonas, la guitarra de Harrison, cualquier sonido que ahuyentara mi terror. Los otros vientos eran hermanos de las sombras, porque borraban la música y traían sólo negro silencio.
Soplaban malos vientos esa noche de sábado. Mi viento bueno luchaba como podía contra el pampero. Cuando lograba imponerse me llegaban compases que eran un remanso, una calma en el mar de angustia del silencio. Por cuatro días locos que vamos a vivir/ por cuatro días locos te tenés que divertir mascullaba Alberto Castillo y yo respiraba aliviado. Y después, nada. Las sombras arremetían y yo no podía hacer más que cerrar los ojos y padrenuestroqueestásenloscielosantificadoseatunombre.
Pero las sombras no creían en Dios. Se retorcían en las paredes, se arrastraban por el cielorraso para ir a abrazarse con siniestra lujuria y parir más sombras , amasijos de negrura que comenzaban a prescindir del apoyo de las paredes y volaban al piso y crecían ante mi cama.
De pronto el silencio se hizo cavernoso, húmedo, casi un grito que me hizo abrir los ojos de un golpe. Y ahí estaba, la madre de todas las sombras, una condensación de negrura en medio de la noche, que crecía alimentándose de mis ojos, de mi alma.
Es la muerte, pensé, con esa resignación corajuda tan propia de la infancia. Es la muerte. Y creo que sí, que era la muerte, acercándose despacio, envuelta en su chal de espuma negra, un manto liviano y oscuro que comenzó a hincharse como si una mano se levantara allí debajo, y con esa mano fuera levemente a tocarme. Todo fue en una fracción de segundo. El manto de la muerte se hinchó de golpe como el oscuro velamen del barco final. En ese momento cambió el viento:

Well, she looked at me
and I, I could see
that before too long
I’d fall in love with her

y la muerte se deshinchó, derrotada por una tonta canción de amor.

She wouldn’t dance with another
whoa, when I saw her standing there.

Y así me fueron dados todos estos años, así me fueron dados el amor, los hijos, las tristezas, esta tierra áspera, el exilio que nunca termina.

Pero sé que todavía me espera. La presiento en la noche, en la niebla, en el aire de otoño que viene del mar. Sé que me espera para mi último baile, que ningún viento podrá impedir. Sé también que no voy a hacer muy mala figura, que le voy a ofrecer galantemente el brazo y me voy a dormir entre un giro y otro de mi último vals. Ella entonces se va a sacar su chal de espuma negra y va a ser dulce y buena conmigo. Lo sé. La conozco. Nos conocemos y nos buscamos desde hace mucho, desde que la vi parada ahí.


The Beatles: La vi parada ahí


2. Twist y gritos

Come on, come on, come baby now
Come on and work it out now!

Medley - Russel
Twist and shout
Álbum: Please, please me (1963)

Así como eran de silenciosas las noches, los días de los veranos de Villa Domínico estaban poblados de voces, gritos y sonidos provenientes de los picos, las mandíbulas, los élitros, las herramientas, las alas, las manos, los hocicos, las ruedas, las bocas, las pezuñas y las gargantas de su variopinta fauna.
El aire tibio de la mañana y el tedio de la siesta infinita eran agujereados por la dulce llamada de las calandrias, el sonsonete de las chicharras, las burlas de los benteveos, los ladridos de los perros bravos, el ¡piiiscatooore! que anunciaba aborrecidos almuerzos poblados de pejerrey y merluza, el traqueteo de los carros cargados de trastos de los botelleros; la corneta asmática de la Panificación Argentina; el doliente canto de los canarios enjaulados. Después, el lasextadiareeeooo que llegaba junto con la tarde vieja, que no era más que la puerta de entrada a otro paisaje sonoro, esta vez hecho de infernales, añorados grillos, de chicos jugando a la escondida y a la mancha o cazando mariposas con un improvisado abanico hecho de yuyos o metiendo en un frasco las luciérnagas que enjoyaban el aire, con la esperanza de esconder debajo del corazón un brillo, un mágico resplandor, en un ejercicio entre predatorio y artístico. Y después, todavía, de cumbias y boleros que escapaban a través de los mosquiteros de las ventanas abiertas de par en par, de madres otra vez llamando a sus hijos, de susurros de amor o de despecho dichos de apuro a la sombra quieta y olorosa de los jazmines del país.
El terreno sobre el que mis padres habían construido la casa medía unos cuarenta metros de largo, y sus profundidades encerraban aquellos maravillosos recovecos en los que fui pirata, astronauta, soldado y músico de rock. Allí, en el fondo, fui todo lo que quise ser. El fondo de mi casa era cuartel y refugio, y espacio mágico perfumado de albahaca y de tomates, de ruda y de limón.
Muchas tardes las pasé ahí, construyendo palacios con maderitas y barro y guerreando con soldaditos que iban degradándose deplorablemente del plomo al plástico o trepando a la higuera que no dejaba de regalarme esos higos negros y dulces con su redonda y clara gota de miel.
Pero también me gustaba escuchar los ruidos humanos de los fondos de las otras casas que confluían en el corazón de la manzana, un corazón poblado de limoneros, de granados, de maderas y chatarra apiladas por años, de arañas increíbles, pero sobre todo de esas voces y esos ruidos que hace la gente sencilla al vivir.
Carcajadas y gritos de alegría y de furia doméstica, pero también el martillo de los carpinteros que armaban los encofrados de las futuras casas, también el musical cimbrazo de las palas anchas contra el piso de cemento, también las canzonettas de algún napolitano nostálgico y socarrón, también las charlas de sobremesa de los vecinos que solían comerse su asadito a la sombra de la medianera, también los gritos de los otros chicos llamando a sus perros o a su madre. Y todo era fuente de delicia, de risa, de misterio, de inquietud.
Entre mis sonidos favoritos estaban los que producía un flamante tocadiscos Winco, cuyo feliz y seguramente joven propietario gustaba de poner a funcionar por las tardecitas, ganándose los denuestos de los siesteros y mi agradecimiento, porque siempre eran discos de la nueva ola, movimiento musical al que yo adhería sincera y fervorosamente. El Club del Clan estaba en su apogeo y Jhonny Tedesco deslumbraba con canciones tan estridentes como sus pulóveres nonsense y las diatribas con que era denostado por mi padre.



Se hace necesario, ahora, hablar de mi padre, de la apasionada locura de mi padre. Siciliano de índole pacífica, fue criado por un hombre feroz, irascible y frustrado y por una mujer que bajo su alegría en continuado y sus bailes al son de una armónica que ella misma tocaba en los días de fiesta escondía una voluntad de basalto y un encono mortal contra el marido. Papá Salvador, inteligente, sensible y visionario, se volvió loco en secreto y supo así desde su primera adolescencia que Jehová lo había elegido para sentar las bases de un mundo perfecto, previo trámite de un apocalipsis atómico a corto plazo, que al Supremo le serviría de mucho para limpiar de la faz de la tierra este inicuo sistema de cosas, pero que a mí me hizo despedirme cada noche de mi corta vida, por si acaso Armaggedon tenía la mala ocurrencia de comenzar por Villa Domínico.
Papá Salvador, que era padre dulce y tierno y marido gentil y se reía con Carlitos Chaplín y leía Patoruzú y se lavaba los pies en una palangana de bordes saltados y después tocaba A Marechiare en su redonda mandolina, Papá Salvador se tomaba medio vaso de vino tinto y entonces Sodoma y Gomorra ardían en fuego y azufre otra vez. Como Juan contra Herodes y Herodías, tronaba papá Salvador contra el mundo, contra los explotadores, contra Fidel Castro, contra las mujeres que se volvían cada vez más putas, contra los nazis, contra Stalin y contra Hitler. Pero, eran los locos sesenta, su odio más exquisito lo reservaba para Gamal Abdel Nasser y el resto del mundo árabe, enemigos mortales del pueblo hebreo, la raza elegida por Papá Jehová. Papá Salvador amaba a los judíos.
Es más: para salvarse para siempre de los fuegos del Gehenna había, en el sistema que iba a implantar mi papá, dos caminos: o ser judío o afiliarse a la religión que acababa de fundar con su amigo Franco, un tenor fracasado que llegó a grabar un disco con el seudónimo de Francisco de Ángelis. Como yo no cumplía ninguno de los dos requisitos, uno por origen goi y otro por incipiente rebeldía, mi infancia, mi adolescencia y mi primera juventud se vieron amenazadas muy de cerca por el fuego final.
Sí, mi padre fundó una nueva religión. Que a lo largo de su existencia haya tenido un máximo de tres adeptos simultáneos no le quita demasiado mérito. Inscripta como corresponde en el Registro de Cultos, la religión de mi padre no carecía de ceremonias, ni de túnicas blancas, ni de baños purificatorios en Mar de Ajó ni de sede física: había sentado sus reales en la salita que después yo compartiría con ellos para los ensayos de Yeti, mi primer y abominable grupo de rock.
Pero mucho antes de eso, las tardes de mis primeros veranos transcurrían solitarias y apacibles. Mientras Papá Salvador hacía la siesta y Mamá Rosa terminaba de asar unos morrones al rescoldo y mi hermana se escabullía a chismear con sus amigas, yo armaba mis munditos uno tras otro en el fondo de casa, entre la higuera y el olivo, entre alambrados y paredes medianeras al pie de las cuales escuchaba a veces los munditos de los otros.
Después mi padre iba a trabajar unas horas, hasta el anochecer y después venía, se lavaba los pies y los sobacos y se ponía a tocar la mandolina, mientras yo me sentaba cerca de él en un banquito traído de Liliput y escuchaba aquellas canzonettas portadoras de una nostalgia que todavía no había comenzado a herirme. Otras veces, mi papá recordaba su misión y entonces se sentaba a la mesa y escribía con su letra enorme hecha de alambres y patas de araña y con su lenguaje solemne y plagado de un contagioso cocoliche; escribía en grandes cuadernos que después le leía a mi madre, que fingía escuchar. Cuando tuve edad suficiente, pasé a ser el oyente predilecto de aquellas históricas lecturas en las que iban sentándose las bases de una sociedad perfecta.
Las cosas no hubieran pasado a mayores si Papá Salvador y Adepto Franco no hubieran sentido aquella solidez de principios, aquella pasión justiciera, aquel llamado Divino de llevar la Buena Nueva a todo el mundo. Y el mundo, también para ellos, comenzaba en Villa Domínico, así que manos a la obra: a revocar y pintar la sala, a colgar un cartel para anunciar que allí atendían dos Hombres Perfectos, dispuestos a recibir a cualquiera que abominara del inicuo sistema de cosas y de la Bestia y de los árabes y del adulterio y algunas pocas cosas más.
Los vecinos, en general, nos querían. Mi familia era de las primeras que se había asentado en ese rincón delimitado por el Boulevard de los Italianos y el Camino a La Plata, y era respetada y consultada a la hora de las grandes decisiones barriales. Así que no hubo mayor problema. Aún cuando recibieran de vez en cuando una apasionada filípica al paso o un volante plagado de frases incomprensibles, los vecinos mostraban buena voluntad para con Don Salvador, tan buenazo él, aunque a sus espaldas, más de un índice debe haber girado rápidamente a la altura de la sien.
En aquella época los vecinos formaban parte de la vida. Es que se vivía mucho en la calle. Se tomaba fresquito en la vereda, se comadreaba a la puerta del almacén, se ayudaba a llenar una losa allá enfrente, se tendían mesas cargadas de manjares en las veredas y entonces, en Navidad y Año Nuevo, caminar dos cuadras era como ir de festín en festín. En Carnaval se celebraba el todos contra todos de baldazos y bombitas de agua. En los velorios se lloraba y se tomaba anís en la misma habitación en la que hasta hace poco el finado convidaba con tallarines al tuco y pesto. Los vecinos se llamaban Don Pancho, Doña María, Minguito, Mediolitro, Antotonio (nunca el tarta), la Media Enojada (apodo misterioso, si los hubo), Doña Annunziatta, Acquafrishca, La Polaca, Don Carmelo, Peppuranne y Peppupíchilo (estos últimos primos míos, ambos apodados Pepe y a los que la familia diferenciaba con criterio cronológico: el Grande y el Chico). Y también estaba el Alemán. Altísimo en un barrio de gallegos, paraguayos y sicilianos, rubio y de tez roja dizque a causa del alcohol, el Alemán era todo un misterio por descubrir. Tarea ímproba, dado que jamás hablaba con nadie. Todo lo que se podía recibir de él era un seco saludo en el que resonaban malos acentos que yo sólo había escuchado en la serie Combate. Vivía al lado de nuestra casa con una mujer bajita muy rubia y muy blanca y con dos caniches muy negros y podados como un ligustro de pesadilla. Es de hacer notar que en ese barrio sobrepoblado por cuzcos y pichichos de ínfima estirpe, tener un caniche era casi tan anormal y exótico como sacar a pasear un ornitorrinco los domingos por la tarde. Ostentar dos caniches, y además atendidos en peluquería, eran ya una afrenta al áspero buen gusto dominiquense. El hecho de que la mujer hablara en perfecto español con un impecable acento de Floresta o Barracas y que de vez en cuando charlara con algún vecino sobre temas intrascendentes, no nos impedía, a mis amigos y a mí, hacer miles de conjeturas acerca del origen y actividades del Alemán, algunas de un tono decididamente siniestro, que iban desde el sacrificio de niños hasta la tal vez no tan desacertada versión de un pasado rubricado por unos cuantos y resonantes ¡Sieg, heil!
Mientras nosotros tratábamos de averiguar quién era el Alemán y tejíamos y destejíamos historias y travesuras, Papá Salvador y Adepto Franco no perdían el tiempo y continuaban avanzando en su plan de salvar al mundo. Y para salvar al mundo resultaba indispensable que el mundo se enterara del plan perfecto de los Hombres Perfectos. Y a falta de zarzas ardientes y plagas y cayados convertidos en serpiente y demás recursos de marketing bastante efectivos en su tiempo pero ahora difíciles de conseguir, Papá Salvador decidió que lo mejor era eso de la atronadora Voz en la montaña, y entonces se gastó los ahorros de la familia en un amplificador de gabinete de chapa y una enorme bocina como aquellas con las que anunciaban los camiones su fresquita la sandia y los clubes las actuaciones de Tránsito Cocomarola. Y una tarde de sábado comenzó la catequización definitiva del sudoeste de Villa Domínico y de parte del fronterizo Monte Chingolo, en el vecino partido de Lanús.
Adepto Franco trepó, con la bocina colgada al hombro, hasta lo más alto de mi casa, que era un tanque de fibrocemento situado a la altura de la ventana del dormitorio del Alemán, siempre cerrada a cal y canto. Ató con alambre y como pudo la bocina al caño de alimentación, conectó los cables y levantó el pulgar en dirección a Papá Salvador, que dirigía las operaciones desde abajo. Papá fue hasta la salita, encendió el amplificador y su voz llenó el espacio de apocalípticas admoniciones y encendidas defensas del Judaísmo y del Monte Sión. En ese momento mi madre perdió la paciencia y comenzó a gritar a mi padre desde la ventana de la cocina que apagara eso y viniera a tomarse un matecito de leche, oh, cazzo.
Con los sentimientos bastante divididos entre el orgullo y la admiración que me producía la hazaña tecno – religiosa de mi padre y la vergüenza de vernos convertidos en el centro de la atención divertida de todo el vecindario, me escapé a mis munditos del fondo de casa, desde donde seguí auditivamente el desarrollo de los acontecimientos, abrazando a mi perrita Diana, que me lamía la cara ajena a todo. Y desde allí escuché cómo se fueron sumando a la atronadora voz de mi padre los gritos de mi madre, los de los vecinos que se comentaban la novedad por encima de las medianeras y los ladridos de los perros escandalizados a más no poder por aquella afrenta inaudita a su siesta eterna. Tal vez como antídoto o como acción solidaria con el barullo general, mi vecino del Winco estrenó disco nuevo a todo volumen y Twist and shout sonó por primera vez en aquella parte del mundo.
Y con el fondo de aquella banda sonora digna de una pesadilla soñada al unísono por Buñuel, Dalí y un Franz Kafka totalmente acucarachado, sucedió, a despecho de los incrédulos, el milagro de los milagros: la ventana del Alemán, que nosotros espiábamos desde la terraza día y noche y que siempre se cerró en tinieblas sobre su misterio, se abrió de golpe, y por el agujero asomó una cara encendida de un subido rojo teutón, que empezó a disparar frases en un idioma y un tono que me aterraron y me hicieron volver cautelosamente a la zona del inminente conflicto. A las imprecaciones tercerreichianas se sumó Adepto Franco con su vozarrón a la Turandot defendiendo el derecho a la libre expresión y mandándolo sin vueltas a cagar, tedesco figlio di puttana y mi madre gritándole a mi padre que apagá eso y tomate otro matecito de leche y John Lennon que well shake it up baby now! y mi hermana adolescente rogando morirse ahí mismo y Dianita ladrando a mi alrededor y enseguida los estruendos de los ladrillazos con que la artillería alemana comenzó a atacar, ya superadas las instancias diplomáticas, las instalaciones propagandísticas del Maravilloso, Maravilloso Mundo Nuevo y los gritos en pro y en contra que subrayaban el heroico gesto a lo Gunga Din del Adepto Franco trepando al tanque de fibrocemento para rescatar lo que quedaba de la bocina ya severamente abollada por un certero misil nazi. Yo, que más podía hacer, no quise quedarme al margen del griterío general y, eligiendo entre todos los gritos los de aquellos locos ingleses encerrados en el Winco, me sumé desafinadamente al crescendo de aaaaaah – aaaaaah - aaaaaah – aaaaaah rematado por histéricos chillidos macartyanos que nada tenían que envidiarle a los de la señora del Alemán, tan bajita, tan rubia y tan histérica.
Y así, entre asustado y feliz, bailando enloquecido en medio de aquella última batalla de la Segunda Guerra Mundial, comenzaba mi vida al ritmo del twist y de los aullidos de un mundo que nunca dejaría de gritarme su belleza y su espanto.


The Beatles: Twist and shout


3. Lluvia




If the rain comes they run
and hide their heads
They might as well be dead.

Lennon – Mc Cartney
Rain
Álbum: The Beatles again (1970)

¿En qué ayeres, en qué patios de Cartago
cae también esta lluvia?

Jorge Luis Borges

Después de la lluvia Villa Domínico se volvía un lugar feliz, al menos si uno tenía ocho o diez años y estaba harto del encierro obligatorio tras varios días de aguacero.
Al olor del barro puro, al verde limpio de los escasos paraísos, eucaliptos y sauces, al croar de las ranas felices de tal exceso de humedad, se sumaba el fascinante cambio operado en la geografía barrial. Allí donde antes había calles poceadas y baldíos polvorientos refulgían ahora maravillosos charcos y lagunas de extensiones diversas, que nos esperaban brillando al sol nuevo con su promesa de profundidades y navegaciones.
Y es que al fin y al cabo Villa Domínico es territorio pampa, y en aquella monótona y casi interminable llanura el agua, después de amonedarse a cielo abierto en distintas formas y tamaños, era siempre fuente de misterio, de aventuras y de jolgorio.
Y entonces se chapoteaba en los charcos y se levantaban desde el barro pirámides y jardines colgantes adornados de las flores de la manzanilla y se enviaban barcos de papel a un viaje sin regreso por malolientes cursos de agua promovidos de golpe de zanjita a zanjón y se tallaban toscas piraguas de madera de sauce del tamaño de una mano y en las que los soldaditos de plomo gozaban por una tarde de las delicias del mantenerse a flote.
También fuentes de alimento, los zanjones se poblaban de hileras de chicos armados de un trozo de caña al que se ataba un piolín en cuyo extremo se enganchaba un pedacito de carnaza, cebo muy apetecido por las ranas, aquellos pobres animalitos que iban al muere volando, literalmente, tras el brusco tirón al que los sometía el que iba a ser su último bocado. Entonces, si uno miraba por encima de las cabezas veía aquel asombroso cielo poblado de batracios voladores, que eran rápidamente atrapados y despenados de un golpe en la base del cráneo y cuyas ancas fritas iban a constituir esa noche el plato principal en muchas de las casas del barrio.
Un domingo de otoño pudimos algunos hasta disfrutar de los placeres de la navegación a bordo de un viejo y averiado tanque de fibrocemento, que entre cuatro o cinco empujamos hasta los bordes de una lagunita formada por varios días de lluvia, de unas decenas de metros de diámetro, pero que a nosotros nos parecía un inexplorado Mar de los Sargazos custodiado por cinco o seis enormes y callados eucaliptos. Empujando con remos que previamente habíamos cortado y tallado durante días en grandes ramas secas y tablas robadas de una obra en construcción, nos hicimos aquel día más o menos gloriosamente a la mar. Ni Sandokan hubiera encontrado tigrecillos de Mompracem más aguerridos y sanguinarios, si bien tuvimos que atenernos a la total ausencia de otros navíos y bajeles sobre los cuales ejercer nuestra sed de justicia y de venganza..
Pero la aventura terminó en desastre cuando un error de cálculo en la estiba de víveres, municiones y pasajeros hizo que la nave escorara peligrosamente hasta permitir que el agua embarcara a través de un rumbo del tamaño de una pelota de fútbol que apenas por encima de la línea de flotación había practicado la mano irresponsable de algún albañil chambón. Nos tragó casi un metro de agua barrosa de la que apenas salimos vivos ayudándonos unos a otros con las manos y los remos que no se perdieron durante aquel confuso y poco honorable hundimiento, en el que resigné la dignidad de irme a pique con la nave de la que fui elegido capitán por haber tenido la audacia de trazar todos aquellos planes marineros que acababan de ahogarse para siempre.
A luz del fuego que encendimos de alguna manera para secar nuestra ropa y tratar de evitar una paliza segura, tiritando de frío, pero también de miedo, rodeado de la inmensa noche, viendo las caras entre compungidas y orgullosas de mis tigrecitos, pude gozar con asombro del agridulce privilegio de haber sobrevivido a mi primer naufragio.

Antes de la lluvia, Villa Domínico se llenaba de presagios y de nubes hinchadas de oscuridad, de libélulas que venían como livianos heraldos de la tormenta. Entonces las madres llamaban a los hijos, los hijos llamaban a sus perros y todos, ya guarecidos en casas de patios súbitamente quietos y oscurecidos, llamaban a la lluvia para que lavara las casas y las calles otra vez. Furiosa, la lluvia barría el hollín que nos dejaban las fábricas como único regalo. Y a veces traía el milagro de uno o dos días sin clase. Para mí era fiesta doble, porque mi padre, que se ganaba la vida de todos nosotros trabajando a cielo abierto en la construcción de losas y escaleras de cemento armado, se quedaba en casa y yo me sentía a salvo de la más que severa custodia de mi madre y entonces eran horas y horas de viejas historias de Sicilia, de conciertos de mandolina, de buñuelos de manzanas y encarnizadas partidas de brisca y chinchón. Cuando granizaba salíamos corriendo mi hermana y yo, seguidos por los gritos de mi madre, a recoger en platos y fuentes los blanquísimos granos de hielo celestial, que mezclábamos con azúcar y limón y comíamos frente a la ventana, entre los rezongos maternos y el repiquetear cómplice del agua y el hielo sobre las chapas y las baldosas del patio.
Después, no sé, la lluvia de alguna manera se hizo menos transparente. Mis amigos se fueron yendo del barrio, mi hermana, diez años mayor, se casó, embarcándose hacia sus propios bajíos y arrecifes. Mi padre comenzó a alejarse de todo y de todos, en aquella navegación solitaria y sin retorno a la que lo empujaron los vientos de su tenue locura. Acosada por sus fantasmas y por la frustración de una familia que ya había comenzado a deshacerse sin haberle dado nada más que fugaces momentos de calor, mi madre descargó cada vez más su violencia sobre el único que aún le pertenecía. Y yo entonces llegué a la adolescencia asustado, agriado y solo, con una ciega valija de sueños que ya amenazaban con pudrirse y los puños cerrados para una guerra que no sabía siquiera dónde pelear.
Por aquellos años descubrí a Los Beatles, que me trajeron también la primer poesía en las letras que traducíamos malamente entre dos o tres amigos armados de un inglés escolar.
Con mis primeros sueldos pude hacerme de un equipo de música de gigantescas cajas sonoras con el que ilustré a todo el vecindario acerca de las bondades del blues, el rock and roll y la música progresiva argentina, que nunca llegó a progresar.
Las tardes de lluvia las pasaba solo en mi cuarto de pisos de pino thea, escribiendo cartas de amor y poéticas declaraciones de guerra for no one y escuchando aquellas canciones casi incomprensibles, que eran para mí como mensajes en una botella recibidos por un náufrago analfabeto. Pero de alguna manera me daban esperanza.
En ese cuarto escuché por primera y ansiosa vez el disco que traía Hey Jude y Old brown shoe y La balada de John y Yoko y Lluvia, esa extraña canción hecha como de ráfagas de agua y melancolía.
Y ya ganado por esa melancolía, la escuché seguramente una y otra vez mientras miraba caer la lluvia que era y no era la misma de mi infancia, aquella amiga que traía buñuelos y canciones y que ahora no quería venir a lavar mi tristeza.
Y así llegué a creer que, en todas partes, en cualquier lugar del mundo al que corras para escaparte de las tormentas y los naufragios, la lluvia cae indiferente a todo y a todos.
Y fueron lluvias indiferentes las que caían la mañana en que mi madre me sacó de la cama, llorando sin palabras, para llevarme al hospital donde mi padre yacía con la pierna rota en tres pedazos por aquel andamio que lo traicionó.
Y llovía indiferente la mañana que murió, muchos años después, mientras yo dormía, indiferente, a mil cuatrocientos kilómetros de su agonía.
Y llovía indiferente la tarde que toqué por primera vez el cuerpo desnudo de una hembra, temblando de miedo y de placer.
Y llovía indiferente y tanto y tan amazónicamente aquella madrugada de mis dieciocho años en que yendo a la odiada fábrica, me encontré solo y perdido entre negros cortinajes de agua que aullaban y me envolvían y no pude más que sentarme a llorar bajo el alero de una casa desconocida, a llorar no de miedo sino de la rabia de estar viviendo un destino que no era el mío.
Llovía indiferente. Caía para nadie aquella lluvia.
Como cae para nadie esta lluvia de ahora, esta lluvia indiferente a la que voy a salir desnudo de todas mis historias, a cantar, a bailar, a beberme el cielo.


The Beatles: Rain

4. Lucy en el cielo con diamantes



Cellophane flowers of yellow and green

Towering over your head.

Lennon – Mc Cartney
“Lucy in the sky with diamonds”
Álbum: The Sergeant Peppers Lonely
Hearts Club Band” (1967)


Cuando Julian Lennon tenía cuatro o cinco años, dibujó a una nena sobre un cielo estrellado, se lo mostró al padre y le dijo que ésa era Lucy en el cielo con diamantes. Que las iniciales del tema en inglés sean L.S.D. y que mucho de la canción que Lennon compuso un poco después parece inspirado y escrito en un fumadero de opio de Hong Kong, no le quita mérito ni veracidad a la tierna escena paterno filial recién descripta. Una cosa no quita la otra.
Cuando Martín Di Benedetto tenía cuatro o cinco años, me pidió que le comprara un barrilete de esos de fibra de vidrio y plástico. Intimamente ofendido, le contesté que ningún Di Benedetto iba jamás a remontar un barrilete meidintaiwan y que yo a su edad ya sabía hacer mis propios barriletes, lo cual era una perfecta mentira, pero la diferencia de edades garantiza cierta impunidad.
Lo primero – le dije mientras le ponía la campera, el gorro, la bufanda y los guantes – es conseguir una buena caña, bien seca y bien derechita.
Salimos a la fría tarde de Puerto Madryn a fatigar la parte vieja de la ciudad, donde mi instinto me decía que podíamos encontrar cañas de buena calidad.
Dos horas después, a pesar de la resistencia de Martín a dar un paso más, dimos con una ruinosa casa semioculta tras una plantación de largas y verdes cañas. No solamente conseguí un par, bien gordas y secas, sino hasta un brote con un buen pedazo de raíz, para iniciar nuestra propia plantación, le dije a Martín, pues estaba decidido a legar a todos mis descendientes la oportunidad de fabricar sus propios barriletes sin necesidad de andar mendigando una miserable cañita. Martín, que iba dormido sobre mi hombro, no pudo aprovechar la frondosa disertación acerca de los diversos usos dados a la caña criolla por los habitantes de Villa Domínico. No solamente fabricación de barriletes, no: también sostén de plantas de tomates y otras trepadoras, también vistosos y delicados adminículos usados para el cuajado y la conservación de la ricotta, y cañas para pescar ranas, y cerbatanas malayas y cercos para hortalizas y lanzas para jugar a los indios y tantas otras cosas. Es una lástima, pero es evidente que los jóvenes no quieren aprender de la experiencia de sus mayores.
Lo segundo – le dije a Martín mientras le sacaba los guantes, el gorro, la bufanda, la campera, el pulovercito, las zapatillas, los pantalones de frisa, le ponía el pijama y lo acostaba a dormir, todo esto sin lograr que abriera los ojitos ni una sola vez- es comprar hilo y un buen papel de barrilete. Dos o tres colores. Al engrudo te lo enseño a hacer yo.
Mientras esperaba que Martín se despertara de la siesta, planté la raíz en un rincón del jardín y, por un momento pensé en mi padre, que hacía muy poco se había ido al país del Nunca Jamás y que nunca jamás me había hecho un barrilete.
Como Martín parecía dispuesto a seguir eternamente con su siesta, puse música. A un volumen un poco alto, tal vez, la Banda de Corazones Solitarios del Sargento Peppers me ayudó a despertar a mi retoño, a quien su malhumor no le permitió apreciar la fina imitación de la voz de Ringo en With a little help from my friends que hice exclusivamente para él mientras lo apuraba a tomar la leche.
Lo tercero – le dije mientras le sacaba la taza, le ponía el gorro, la bufanda, los guantes, la campera, todo sobre el pijama y después las zapatillas sin atar y lo llevaba a la rastra hasta el kiosco – es planificar claramente qué tipo de barrilete querés hacer. Una cometa, que es al fin y al cabo nada más que un rombito pretencioso, no es lo mismo que una estrella. Y tenés también el barrilete bomba, que de lejos parece redondo, si te descuidás, y ese híbrido que a mí nunca me gustó, el “medio bomba – medio estrella”, definitivamente para gente que no sabe lo que quiere. Para mí, nada mejor que una estrella de seis puntas. De ocho no. Esas fantasías no eran para los pibes de Domínico, hijos de la dureza y el rigor. Amarillo y verde- le informé al kioskero- y blanco para los flecos. Linda combinación. - De hilo, tres madejas.
Esta vez Martín, debidamente sobornado por un chupetín de dulce de leche y unos cuantos caramelos, sí escuchó la conferencia sobre el arte de remontar barriletes. Cuando llegamos a casa, despejé un área considerable del living y me dispuse a enseñar a mi primogénito las difíciles artes de la fabricación de esos livianos ingenios. En este punto se hace necesario confesar que, un poco llevado por el urgente entusiasmo, decidí avenirme al uso de la plasticola en lugar del engrudo, que debí resignar por falta de harina en la alacena. Por otra parte, el exceso de tradicionalismo ha hecho fracasar más de una vez los más grandes proyectos humanos y eso era algo que yo no estaba dispuesto a permitir.
Los Beatles empezaron a sonar otra vez desde su gastado cassette, y mientras Martín se volvía a dormir y soñaba con cielos de mermelada y taxis de papel de diario y mientras el chupetín manchaba para siempre el tapizado del sofá, yo me fui con Lucy a hacer barriletes al potrerito de mi infancia, último remanente de un viejo tambo del que llegue a tomar la leche al pie de la vaca.
- Cortás la caña todo a lo largo en tiras parejas de más o menos un pibe de alto- le dije a Martín que me decía Marito Moroni, que era tres años mayor que yo y me protegía cuando alguien me quería pegar o robarme las figuritas-. Ahora unís estas tres por el medio con varias vueltas de piolín. Separá las puntas a distancias iguales y las atás de a tres, salteando una, formando con el hilo dos triángulos iguales, uno con la punta para arriba y el otro con la punta para abajo. Así ¿ves? Así se forma la estrella. Ahora hay que atar las uniones. Listo. El papel es cosa delicada. Primero pegás los dos pliegos, el amarillo y el verde. Lo estirás bien sobre el piso, que no haya piedritas ni esté mojado, que este papel se rompe de nada. Cortás así, siguiendo el hilo, un poco más grande, así, doblás el papel como una solapita y la pegás sobre el hilo. Con los flecos es fácil. Después te enseño a hacer los roncadores. Ahora prestá atención, que hay que ponerle los tiros y la cola ¿trajiste los trapos?

Lo cuarto- le dije a mi hijo Julián, que para entonces ya había tenido tiempo de nacer y cumplir diez años y me miraba preguntándose si no hubiera sido mejor comprar un barrilete de esos de plástico – es esperar un día de buen viento, no muy fuerte. Difícil en la Patagonia, a no ser que quieras remontar barriletes de plomo.
Lucy seguía sonando, esta vez desde la computadora. La colección completa de los Beatles, que me costó años reunir y perder, cabe ahora en un disquito más chico que un simple 33 r.p.m. y que contiene no sólo todos los álbumes originales, sino también las recopilaciones. Y todo con sus tapas en colores y la letra de cada tema.
- Newspaper taxis appear on the shore / waiting to take you away – dijo Lennon
- Vamos – dije yo, poniéndole bronceador a Julián en la nariz y los cachetes. Viento oeste, suavecito. A la playa. El barrilete llevalo vos.
En el camino ilustré a mi segundogénito sobre la manera correcta de llevar un barrilete: a la espalda, sosteniendo la cola enrollada en la mano izquierda y el carrete de hilo en la derecha. Visto desde atrás Julián desaparecía casi totalmente tras el escudo de papel, dejando ver nada más que sus tobillos y sus pies apenas tostados dentro de las sandalias de neoprene. Visto así, desde atrás, mi hijo es una estrella con patas.
Las anchas arenas de Madryn estaban casi desiertas. Era diciembre y hacía un calor opresivo, pero el verano no había sido declarado oficialmente, lo cual impide que mucha gente respetuosa de las leyes y las buenas costumbres pise la playa o se meta al mar, aún en caso de incendio de la ciudad y sus alrededores.
El viento seguía soplando suave y constante desde el oeste. Martín, que para entonces ya gastaba vistosa barba a la cuáker, se nos había unido en el camino y entre los tres dimos inicio a las operaciones de remonte.
Al tercer o cuarto intento el barrilete comenzó a subir, aventajando a una bandada de gaviotas que, por curiosidad, planeaba cerca. La brisa se hizo un poco más intensa y la estrella roja y amarilla se convirtió en un punto apenas, allá arriba, después de que apresuradamente fuimos añadiendo las madejas de hilo que habíamos traído de repuesto. La poca gente que remoloneaba en la playa empezó a comentar lo bien que volaba el barriletito. Entonces yo también me dejé remontar a unos metros del suelo por el vientito del orgullo. No era para menos. Los conocimientos que generaciones y generaciones de chicos se habían transmitido desde antes de la construcción de la Gran Muralla, habían llegado casi intactos hasta mí y ahora yo transmitía esos secretos, que se guardan no en el pensamiento sino en las manos, a mis hijos, que los darían a sus hijos, o sea mis nietitos, y mis nietos a mis bisnietos y...
Un grito de Julián me devolvió al presente. El hilo se había cortado. Corrimos como desesperados, persiguiendo la punta del cordel traidor que ya se metía en el agua y se iba más allá de nuestros intentos. Lo dimos por perdido. Ya nada quedaba más que ver a nuestra estrella abatirse sobre el Golfo Nuevo, donde el agua salada la dejaría apenas en sus huesos de caña y un minuto después la tragaría para siempre.
Pero sucedió algo muy curioso: el barrilete, buen volador como era, se alejaba y se alejaba sin caer, sostenido por más de cien metros de hilo empapado, que ejercía por su peso el control necesario para que el artefacto no entrara en su barrena final.
Y los tres nos quedamos entonces mirando como se iba hacia el este y se perdía de vista, algo entre tristes y orgullosos de ese barriletito que se había ganado corajudamente la libertad y ahora era una lenta mancha roja y amarilla, yéndose, yéndose, estrella única y tenaz en aquel cielo que más que nunca parecía hecho de mermelada azul. Mis hijos se sentaron a mi lado, callados, y yo me fui a los cielos de mi infancia, poblados no de una, ni de dos, sino de cientos de estrellas de papel y engrudo que competían por estar más cerca del sol. Del sol del domingo, porque mi recuerdo sucedía un domingo por la mañana, un domingo de esos que eran interminables y en los que se podía vivir toda una vida de aventuras antes de ir a dormir, y el lunes era nada más que un lunes y no un trago amargo.
Los domingos a la mañana, pero podía ser los jueves o los sábados, nos íbamos juntando los pibes, de camino, cada uno con su barrilete a la espalda, primero dos y después seis o diez y allá íbamos en busca de los grandes potreros, a volar un rato.
Y enseguida el cielo se llenaba de estrellas de seis, de ocho puntas, de cometas de papel de diario, de lujosas medio bomba medio estrellas rodeadas de flecos y roncadores que llenaban el aire de la mañana de un áspero bramido parecido al de la libertad.
Algunos, la mala gente es mala gente desde chica, algunos enganchaban hojitas de afeitar en las colas de trapo y entonces los barriletes asesinados iban, llevados por el viento, a morir crucificados entre los cables o atravesados por las zarzas espinosas o ahogados en las lagunitas de agua y barro.
Pero los más éramos pacíficos pilotos, que nos deleitábamos de ver el cielo tapizado de papel, y decíamos: cuanto más barriletes mejor. Cuanto más pájaros mejor. Cuanta más risa, mejor.
Y a la hora de volver, volvíamos redondos, felices, las caras rojas y el alma llena de planeos y vientos locos y tirabuzones y vuelo sereno. Volvíamos cada uno con su barrilete a la espalda, con su estrella a cuestas.
Venga, si quiere, y véalo por usted mismo. Mi barrio queda acá nomás. El tiempo no es problema.
Si usted se queda un poco atrás para ver cómo nos estamos yendo, podrá ver diez, veinte, treinta estrellas alejándose lentamente, estrellas de todos los tamaños y colores. Por abajo asoman pies descalzos y sucios de barro o con zapatillas blancas manchadas del verde del pasto. Estrellas con patas. Estrellas verdes, rojas, azules.
Si usted se queda un rato allá atrás, callado, viendo como nos vamos, sabrá que aquellas calles de barro fueron, alguna vez, un cielo cuajado de rubíes, de esmeraldas, de zafiros. De diamantes.


Fragmento de la película "Yellow submarine": Lucy in the Sky with Diamonds

5. Déjalo ser


When I find myself in times of trouble
Mother Mary comes to me,
speaking words of wisdom, let it be.

Lennon – Mc Cartney
“Let it be”
Álbum: “Let it be” (1970)


Muchos años antes, frente al pelotón de fusilamiento, el cantinero escolar Don Alfredo Ercolano no hubiera podido ni siquiera imaginar que cuatro décadas después, el poeta Jorge Boccanera y yo lo evocaríamos con risas y ternuras de hombres grandes, una noche muy calma y muy despaciosa a orillas del Río Negro, ese oscuro animal que no dejaba de rielar bajo el doble acoso de las luces de Viedma y de Carmen de Patagones.
Y no podía por varias razones: además de estar muy ocupado rogando por su vida y por la de su ahijado José, a Don Alfredo Ercolano no le quedaba otra que desconocer absolutamente todo acerca de Jorge Boccanera, que a fines de 1955 tenía tres años, andaba en triciclo y apenas pronunciaba las palabras que después haría cuajar en los luminosos poemas que lo llevarían a la fama y al exilio. Menos podía sospechar de mi existencia, de mí, que acababa de dejar la teta y ni siquiera sabía hablar.
Supo de nosotros después, después de salvarse por un suspiro (che, esos dos no, que no tienen nada que ver) del pelotón de la Libertadora que lo había sacado a la rastra a él y a su ahijado José Sorucco, que era apenas un pibe y le daba una mano en la cocina de la cantina escolar de la E.N.E.T. N° 3 de Avellaneda. Los llevaron acusados de pertenecer al grupo de la resistencia peronista que había montado una radio clandestina en los fondos del viejo edificio escolar. Los militares tuvieron que entrar a los tiros para llevárselos: ahí estaban como prueba los dos hoyitos que las balas de las 45 habían dejado en los cristales del portal de acceso, dos altas y gruesas hojas de roble y cristal biselado de una pulgada de espesor, que se decía habían sido traídas de Europa y que valían más que el resto entero de la casa.
La casa era una mansión del siglo diecinueve que había pertenecido al Dr. Salvador Debenedetti, el descubridor y estudioso del Pucará de Tilcara. El portal de los cristales heroicos daba a un elegante patio principal de baldosones rojos y amarillos, rodeado de galerías sostenidas por torneadas columnas de hierro verde, galerías que daban sombras frescas en verano y decididamente heladas en invierno. Allí, las habitaciones principales de la casa habían sido convertidas en oficinas y aulas. Al fondo, un estrecho pasadizo llevaba al patio de la servidumbre, con su aljibe cegado para siempre. Y después, hacia atrás, hacia los costados, hacia arriba, un dédalo de precarias construcciones de madera y chapa que se fueron agregando con el correr de los años para albergar a la creciente marea estudiantil.
Laberíntica y tenebrosa, es en esa parte de la vieja escuela de Palaá y Alsina en la que pienso cuando necesito imaginar los siniestros tribunales en donde fue juzgado y condenado Joseph K.
La casa fue demolida en 1971 y reemplazada por un aburrido edificio de cuatro pisos, de insulsa geometría y pocas posibilidades para la fuga y la aventura poética. Ingresé a la E.N.E.T un marzo de 1968, así que pude compartir con Jorge el recuerdo de aquellos pasillos y sótanos y pisos de madera que eran verdaderas trampas cazabobos en las que más de una vez alguno cayó y hubo que rescatar con escaleras y sogas. No quiero recordar las descripciones que esos resucitados hacían de las profundidades centenarias del Palaá.
El Palaá, que así se lo conocía en el mundo estudiantil, tenía una bien ganada fama de ser una de las dos mejores escuelas técnicas del país. La otra era la temible y aristocrática Otto Krause de la Capital, que odiábamos, admirábamos y envidiábamos como buenos provincianos. Pero el Palaá tenía también lo suyo. Que dos, al menos, de sus ex alumnos hayan desviado los técnicos pasos hacia la poesía y la trotamundez no desmerece para nada el prestigio académico que supo conseguir.
La escuela ocupaba toda una manzana y sus fondos lindaban con la cancha de Racing, objetivo de sesudos planes de escape, que se veían coronados por el éxito cada vez que algún canchero benevolente nos dejaba pasar. Nimbados por una nube de unción y reverencia, pasábamos las horas de historia y geografía viendo entrenar al glorioso Equipo de José: Cejas, Basile, Perfumo, Rulli y el Panadero Díaz estaban ahí, pateando al arco y haciendo “jueguito” sólo para nosotros, ellos, nada menos, que venían de ganar el campeonato mundial de 1967.
El resto de la semana era un interminable lidiar con tableros, reglas “t”, tablas de logaritmos, dinamómetros, probetas de ensayos, reglas de cálculo y el resto del arsenal diabólico que la ciencia y la técnica han dispuesto para la tortura y el escarnio de los que, como yo, están más cerca del arpa que de la raíz cuadrada.
Poblada exclusivamente de adolescentes varones, la E.N.E.T. era un descolorido monasterio consagrado a los misterios de los sistemas de fuerzas y los invisibles ríos de electrones y ondas que surcan filamentos y atmósferas. Verdes de envidia, a mediodía veíamos pasar a los atorrantes del bachillerato, acompañados de beldades rubias y morenas, rumbo a la plaza, a los cafés, a los lujuriosos yuyales en donde hundirían sus hocicos en carnes suavemente perfumadas, mientras nosotros nos calzábamos los mamelucos y nos sumergíamos a desgano en ambientes impregnados de grasa y de vapores de ácido muriático.
En ambiente tan ascético, el cuerpo de profesores era proyectado a dimensiones olímpicas por el imaginario estudiantil. En los recreos, en las horas libres, en patios y escondrijos, en las mesas grasientas de la cantina de don Ercolano, entre los humos lacrimógenos de los “pattys” y las acartonadas milanesas, se hablaba y se hablaba del cuerpo docente, cuyos integrantes eran a la vez númenes y verdugos, odiados enemigos o ángeles salvadores, razón de ser de nuestra existencia, rasero y medida de nuestro valor de bichos semihumanos, de cacharros de barro crudo que debían cocinarse por unos cuantos años más en el fuego de la sapiencia irradiada por ese parnaso que era la sala de profesores.
Eso con respecto al cuerpo docente. El cuerpo de las docentes era ya un tema aparte. Se hablaba largo, tendido y secreto de las pocas mujeres que se atrevían a lidiar con aquellas cápsulas de testosterona vestidas de pantalón gris y blaizer azul. Había algunas profesoras decididamente impresentables, como la temible, implacable, “gallega” Orciuoli, que a la contradicción entre su itálico apellido y su acento castizo sumaba una piel de tinte cadavérico y unas patitas de electrodo retorcido. A ella le debo mi absoluta falta de faltas ortográficas. A ella le debo mi amor por Horacio Quiroga y varias de mis mejores peores pesadillas.
Pero había otras. Ángeles delicados como aquella morocha de suave cabellera que enseñaba física en segundo, que nos tenía tan enamorados a los de tercero que siete u ocho nos juntábamos los sábados en alguna casa a llorar y a compartir ese amor colectivo e imposible.
El Enano García solía desaparecer todos los martes y jueves a la misma hora, justo al final del recreo largo. Un día lo vimos perderse en los laberintos que brotaban más allá del aljibe. Lo seguimos sigilosamente por entre los pasadizos. Vimos que se apostaba detrás de unas cajas amontonadas bajo los peldaños de una enclenque escalera de madera que llevaba al aula de primero. Esperamos un minuto. Dos. García estaba inmóvil, una caja más. No dormía. Los ojos bien abiertos, vueltos hacia arriba, clavados en los peldaños. Pero no miraba los peldaños, sino al espacio abierto entre ellos. En realidad García venía, todos los martes y jueves, a mirar el cielo. Un cielo rosa, o blanco, o floreadito o con puntillas. El cielo del Enano García eran las bombachas de la profe de historia de primero. Una cuarentona de muslos jónicos, cuya sola turgencia bajo las amplias faldas que solía usar fue madre de muchos calofríos recorriendo el espinazo de varias generaciones de estudiantes. El Enano García sabía cómo procurarse la felicidad.
El flaco Mutarelli, en cambio, jugó muchas veces con el extremo peligro antes de ser arrastrado para siempre por un maremoto de amonestaciones. Alto, flaco, grisáceo, distinguido, José Bautista Mutarelli era, ya a los quince años, un crápula de aires vampíricos, mandamás de una corte de zombies que se sentaban al fondo, a la izquierda. Los vapores primaverales de Octubre infundieron en Mutarelli una pasión insana por los glúteos de la profesora de geografía, una hembra poderosa y callada que nos hacía hervir la sangre con sólo pronunciar la palabra “Kilimanjaro”. Kilimanshharo, decía, pronunciando la y como una sh arrastrada, a la manera de los porteños. La frase “Península de Kamchatka” provocaba delirios. Una vocecita ahogada pedía: ¿podría repetir, profesora, para saber la pronunciación? Y tres decenas de pares de ojos se clavaban en la deliciosa boca curvándose en mohínes didácticos: Kammm- shaaat- kaaaa. Gracias, profesora.
Pero los intereses de Mutarelli eran otros. Se le puso entre ceja y ceja algo que todos juzgábamos imposible: tocarle el culo a Shapeshú, sobrenombre ganado por la esforzada docente cerca de un diecisiete de agosto, cuando a algún iluminado se le ocurrió preguntarle dónde había nacido el Libertador. En Shapeshú, me extraña que no lo sepa, Ramírez. Gracias, profesora.
Mientras nosotros nos divertíamos con estos inocentes pasatiempos, Mutarelli rumiaba y rumiaba su plan. Ni un tigre, ni una veta de mármol ni un vintén oriental: para Mutarelli el zahir que le borraba todos los otros pensamientos eran las nalgas de la profesora Shapeshú.. Un día, tarde, la campana había sonado hacía rato, lo vemos entrar al flaco. Más pálido que de costumbre, con una mirada más canallesca y más limpia a la vez. Todos supimos: Mutarelli sabía cómo.
En el recreo juntó a sus secuaces y distribuyó los trabajos. Ustedes dos se paran al lado de la puerta, achicando el paso. Vos, con la carpeta, como que le vas a preguntar algo. Ustedes cuatro se paran de este lado del escritorio, para que la profe salga por ahí, como por un pasillito. Yo paso por atrás del escritorio y la espero medio escondido atrás de la puerta. Cuando esté llegando a la puerta, ustedes se amontonan. Y en el tumulto se lo toco. No nos puede echar la culpa a todos.
Los que no participábamos del plan intentamos disuadirlo, pero no hubo caso. Era algo que estaba escrito y tenía que suceder. Y sucedió. No una, sino dos veces. El flaco se confió. Para mí que le gusta, dijo. La tercera vez: vi la mano del flaco yendo hacia su ineluctable destino. Vi la finta de caderas con que Shapeshú evitó la violación. Vi los ojos llenos de lágrimas de esa pobre mujer. Vi la mano de ella cerrándose sobre la muñeca de él con bronca y con asco. Todos vimos cómo lo arrastró a la dirección. Sentí mucha vergüenza, no toda ajena. El flaco Mutarelli no volvió más.

Fue por esa época, en la primavera de 1970, cuando la teacher Nora Martínez alborotó la clase de inglés técnico introduciendo en nuestro monasterio un artefacto absolutamente insólito. Si hubiera traído un beduino o una guillotina el revuelo hubiera sido menor. No entendíamos que hacía esa mujer ahí, sacándole la tapa al Winco, enchufándolo cerca del escritorio, sacando de su insondable valija el longplay con esas cuatro caras antirreglamentarias, de barbas y pelos largos como el viento. Sin decir nada, repartió unas fotocopias y giró la perilla azul: canten, dijo la teacher.
Y cantamos, una y otra vez. Cantamos and when the night is cloudy/ there is still a light that shines on me durante semanas, hasta que la teacher dijo ahora sí saben pronunciar. Y nosotros dejamos de decirle teacher, porque desde ahí y para siempre fue Mother Mary. Mother Mary, con su pollera escocesa y su ponchito rojo y sus botas de caña alta y su cara de irlandesa cansada.
God save you, Mother Mary, que nos enseñaste cantando y riendo a cantar y a reír mientras el mundo todavía no era ni ancho ni ajeno y todavía nos dejaba ser.



The Beatles: Let it be


6. Vengan Juntos

One thing I can tell you
Is you got to be free.
Come together, right now, over me!

Lennon – Mc Cartney
Álbum: Abbey Road (1969)



El camioncito habrá sido un Bedford 55. Los domingos, el barrio se mudaba en pleno al balneario de Quilmes. Los mayores cargaban bolsas, parrillas, abuelas, largas ristras de chorizos.
Por aquella época, los límites entre familiares y vecinos eran bastante difusos. En realidad, aquellas dos cuadras de la calle Matanza, en Villa Domínico, constituían el asentamiento de una tribu de italianos, gallegos, polacos y criollos que acostumbraban vivir sus alegrías y tragedias de cara a la calle, el barrio, la aldea, el ghetto.
Pero aquellos domingos de verano el objetivo era uno y sagrado: comerse un asadito a la sombra de los sauces, mientras aquel aroma de río marrón se quedaba para siempre en la memoria.
Éramos grasas, sin remedio. Íbamos ahí, en confuso montón, cantando las canciones del Club del Clan; los más chicos marcando el ritmo contra las paredes metálicas de la caja del Bedford.
Yo andaría por los trece años. Ese día me pasaba algo extraño. No podía sacar los ojos de encima del pelo de la Colorada.
La Colorada, la Colo, contaba con dieciséis años. Incandescentes. Una mujer grande, inalcanzable. Vivía a dos casas de la mía, y nunca me había dirigido más que un seco saludo, como corresponde a una educada chica de barrio.
Para mí no comenzó a existir hasta ese día que el viento, ayudado por la marcha petardeante del camioncito, le ondulaba y revolvía los cabellos rojos. Mi mirada comenzaba por recorrer esas llamas que encendieron mi primer fuego, y se detenía al llegar al cuello blanco y pecoso.
Había otras miradas que iban más allá. Miradas que después volvían con desazón a la excesiva matrona a la que estaban unidas hasta que la muerte...
Parábamos siempre en el mismo recreo. Árboles, parrilleras de cemento y un almacén con pretendidos aires de bar, en el que se amustiaban algunas mesas de hierro y fórmica; cerca del mostrador, brillaba, maravillosa y sumergida en luz, con botones de acrílico y cromo, una fonola que esperaba sus fichas de latón para empezar a sonar.
Mientras los hombres preparaban el fueguito y mi madre dirigía un pequeño y parloteante ejército de cortadoras de lechuga y tomate, yo me concentraba en imaginar alguna maniobra de aproximación a la Colorada. Ella no paraba de reír y moverse de acá para allá, sin escuchar los pedidos de ayuda de rebanadoras de hortalizas.
No había caso. La timidez era un frío pescado atravesado en mi garganta. Estaba ya considerando resignarme a un partidito de metegol con uno de mis primos, cuando sucedió: la Colo vino, me agarró del brazo y comenzó a arrastrarme hasta el almacén-bar, ante la mirada alarmada de mi madre. Seguramente pensó “qué pensarán los vecinos...”
No sé qué habrán pensado. Yo, yo no podía pensar. La Colo dijo: quiero que escuches algo. Compró una ficha, la introdujo en la máquina, apretó dos botones. Le bastó esa sencilla secuencia para volarme la cabeza de una vez y para siempre. Esa música se te metía en el cerebro, en la sangre, en el sexo. La Colorada bailaba, bailaba, bailaba como Rita Hayworth en “Salomé”. Y yo quería arrancarme la cabeza y ofrecérsela en una bandeja, o mejor, arrojar la cabeza lejos y ofrecerle mi cuerpo, que no podía defenderse del impacto de aquellas voces, de aquellas guitarras dulces, filosas, revulsivas.
Los Beatles...¿te gustan? Me preguntó sin dejar de mover las caderas.
Me gustaban. Me gustaban. Conseguí más dinero y nos pasamos horas escuchando y chapurreando en inglés una y otra vez la misma canción.
La Colo gritaba algo así como: “Cam-chi-que-va-fra-nau-ol-dú-mi...”, yo gritaba, nada más.
Después nos echaron del almacén. Nos echaron del paraíso.

Ya pasaron veinticinco años. O más. Quién sabe qué habrá sido de la Colorada. Quién sabe si logró escapar del ghetto. Tal vez esté criando allí mismo una parva de hijos. Quién sabe si escucha todavía a Los Beatles.
Yo, no importa dónde esté, vuelvo y vuelvo al ghetto de mi infancia.
Aquella canción, supe después, se llamaba “Vengan Juntos”. “Come togheter”. Camchi-que-va...
Hoy volvió a sonar en mi casa. El Abbey Road original, de vinilo negro, se había perdido hacía mucho en alguna mudanza. Así que hoy volví a comprarlo, esta vez un mágico círculo de plata digital en donde se aprietan todas esas maravillosas canciones. El suave mecanismo del Aiwa se tragó el cd y empezó a escupir la voz cruel de Lennon. Julián, mi bebé, pasaba por ahí con su hinchado pañal bamboleante y el pulgar en la boca. La música, al principio lo sobresaltó. Se fue acercando despacio al equipo y despacio comenzó a moverse y a bailar con un extraño paso de su entera invención. Julián bailaba y bailaba y yo me quede mirando sus piernas regordetas apenas asomando del pañal, sus manitos llevando locamente el compás, la cabeza de escaso pelo rojo oscilando en cada retumbe del bajo. En ese momento me acordé de la Colorada. Y pensé en escribir esto.

A veces me siento solo.
Y lejos.
Pero lejos de dónde.
Por eso me gustaría que vengan. Vení Colo. Vení Lennon. Vení papá, estés donde estés. Hagan arrancar el Bedford. Suban todos a la caja y canten. Golpeen duro las barandas. Canten tangos, tarantelas, rock and roll.
Canten y vengan.
Vengan, vengan.
Vengan juntos.



A Julián Di Benedetto
que, bailando,
hizo arrancar al Bedford.



Fragmento de la película "Across the universe"

7. Submarino amarillo





And our friends are all aboard
many more of there live next door
and the bands begins to play

Lennon – Mc Cartney
“Yellow submarine”
Álbum: Yellow submarine (1969)









Hemos venido para brindarle
sana alegría, de corazón
y le rogamos no nos olvide
que Como Salga siempre volverá.

Canción de despedida
de Como Salga



Hay oficios y oficios.
En el afán de ganarme la vida, muchas veces terminé perdiéndola de la manera más miserable, en trabajos que no servían a nada ni a nadie y con los que cumplía malhumoradamente, a regañadientes y añadiendo mi pincelada de mugre, dolor y hastío a esto que llamamos realidad.
Así he sido obrero metalúrgico, peón de albañil, vendedor de calculadoras electrónicas, publicista, pintor de brocha gorda, plomero y gasista, guionista de televisión y tantas otras cosas que prefiero no recordar.
Pero la vida me ha traído premios que tal vez no merecí del todo. Y así también pude ser maestro de pibes de ocho años que me condecoraron con sus manos pegajosas de mermelada y su cariño indestructible. Y otra vez me pagaron por enseñar (por aprender) las invisibles reglas de la poesía. Y otra por ir trotando de escuela en escuela cargando libros de Quiroga y de Prevert, de Cortázar y de Bradbury y por leer esos cuentos poblados de cohetes y de yararás, de flamencos con medias y cronopios inocentes como el sol. Y otra más por dejar que la radio llevara mi voz cargada de cuentos y poemas a mil kilómetros de mi boca. Ahora mismo me gano la vida mientras voy por los caminos de ripio del Chubut llevando las luces y voces y sombras que proyecto sobre improvisadas pantallas en pueblos y caseríos de nombres remotos que suenan a indio, a pionero, a duro invierno: Blancuntre, Buen Pasto, Gan Gan, Cajón de Ginebra Chico, Río Mayo...
Pero hace más de treinta años que empecé con estos oficios mágicos. Fue cuando me convertí en acordeonista a sueldo de la Comparsa Humorística y Musical Como Salga de la Isla Maciel, reina indiscutida de los carnavales de La Boca y hoy leyenda entre los jóvenes murgueros que tratan de revivir aquella magia hecha de ganas y de papel maché.
Tenía quince años, y tras cuatro de notable esfuerzo por parte de mi profesor Don Norberto Corridoni, había logrado convertirme en un pasable ejecutante de acordeón a piano. Y fue el mismo Corridoni quien nos recomendó, a mi primo Ernesto y a mí, para formar parte de la banda de fuelles de la comparsa Como salga, emprendimiento anual que daba cátedra desde los años treinta en los mejores corsos de la Capital y que tenía su cuartel general en una Sociedad de Fomento de la calle Espejo, en el corazón de la isla Maciel, un corazón rodeado de una mala fama tan enorme y desproporcionada como el cinturón de villas miseria que había que atravesar para llegar a los ensayos. Desde Septiembre, dos veces por semana, allá íbamos mi primo Ernestito y yo, en el colectivo 373, cargando con las tentadoras cajas negras de nuestras acordeones, que, nos hicieron saber pronto, se salvaron de las requisas más o menos robinhoodianas de los villeros gracias al salvoconducto automático que adquiríamos por ser “muchachos de la Como salga”.
Pero los verdaderos “muchachos” eran esos tipos increíbles que trabajaban de febrero a febrero, gratis, por amor a Momo, armando los carros y los gigantescos muñecos de hierro y cartón piedra, componiendo y ensayando los números humorísticos hechos de una picardía simple y de un incomparable sentido del ritmo y de lo ridículo.
Nosotros, los músicos, los niños mimados de la comparsa, éramos apenas unos mercenarios de carnestolenda comparados con aquellos hombres que se jugaban el honor del barrio y de dos generaciones de antepasados en cada Carnaval. Hijos de los hijos de los fundadores del barrio y de la comparsa, eran capaces de irse a las manos por esclarecer un punto doctrinal o de no dormir una semana por la amargura de no hallar una solución a un decorado o un verso.
En septiembre comenzaban los ensayos de la banda, y nuestro director hacía gala de rigores propios de una filarmónica, petrificándonos con su mirada de fuego helado cada vez que errábamos la nota o el ritmo. Tres o cuatro bandoneones, siete acordeones y seis bombos eran los encargados de la banda de sonido de ese serpenteante delirio de tres cuadras de largo, armado de carrozas y muñecos y pequeños teatros ambulantes montados sobre camiones playos y de hombres disfrazados de bebés, de payasos, de maricas, de políticos y también de mujeres. Porque no había mujeres en Como Salga. No podían participar de ninguna manera, lo prohibía una inquebrantable ley ancestral de la comparsa y que era tal vez una de las causas de su perdurabilidad, ya que las peleas por diferencias organizativas o artísticas son una cosa y los duelos por cuestiones de polleras una muy otra.
Durante el mes de enero se aceleraba el ritmo de trabajo y empezábamos a participar de los ensayos generales, que consistían en dar interminables vueltas a la pista de baile, mientras tratábamos de ajustar nuestra marcha al ritmo de los bombos: paso, pausa, paso, pausa, paso - paso - paso, pausa y así hasta llegar a una especie de trance zen después de haber atravesado las planicies del cansancio y la desesperación.
Y entoncesllegaba el gran día. La comparsa se armaba en la puerta del Club. La banda de fuelles se ubicaba en el centro de la formación, flanqueada por los bombos. Adelante y atrás se perdían de vista las carrozas y camiones que llevaban a los actores. Los dramas que se desarrollaban a bordo eran simples y eficaces. En uno de los camiones habían montado con ingenio una habitación de lo que por entonces se llamaba hotel alojamiento o simplemente “telo”. A bordo iba una pareja que jugaba una torpe seducción. En el camino de ida, el hombre, en su afán de conquistar a una tierna y remilgada damisela que parecía no tener experiencia en esas lides, empleaba todas sus artimañas de galán, agotadas las cuales se decidía por la acción directa y sin más perseguía a su dama alrededor de la cama, sin alcanzarla, claro está. Cuando la comparsa emprendía el regreso deshaciendo el camino, los papeles se habían invertido: ahora era la damisela la que corría a un estropeado y cobarde galán, que evidentemente no estaba a la altura de las circunstancias.
Pero el número de más éxito nos precedía en la marcha. La gente le decía “Los bobitos” y año tras año se ganaban los mejores aplausos. La fórmula era simple: cuatro tipos, vestidos con pantalones hasta las rodillas, remeras larguísimas y sombreros a lo Capitán Piluso, que marchaban encorvados y pegados unos a otros, con paso errático pero perfectamente sincronizado al ritmo de la música. El primero simulaba soplar una pequeña flauta. Otro de ellos golpeaba con movimientos mínimos un bombo enano. Nunca levantaban la vista. Nunca miraban a nadie ni decían una sola palabra. Ni un gesto. Nada. Pero la gente deliraba de felicidad al verlos. Yo mismo no me cansaba de ir tras ellos todas las noches del Carnaval. Aún hoy, en los días malos, en los días en los que la rueda de la vida se hace demasiado pesada, los evoco para que me hagan reír. Si los ángeles de la guarda existen, si algún burócrata celestial quiere todavía asignarme algunos, entonces que sean cuatro, bien salames, y que marchen delante de mí con sus gorritas encasquetadas hasta la nariz y su fanfarria de flautines mudos y bombitos de juguete.

Era solemne el momento en que todos nos poníamos en marcha rumbo al Riachuelo. Los pobres de la isla venían a alentarnos en esa fiesta que era también la de ellos. Así que el primer desfile de la comparsa era por las calles de la Isla Maciel, y los primeros espectadores esos que año tras año aportaban su esfuerzo y algunos de sus pocos pesitos para que la Como Salga gane otra vez. Y la Marcha de Calle sonaba alta y fuerte entre los árboles y los frentes de chapa de las casas y los conventillos y los bombos hacían retemblar los farolitos y las tripas de toda esa gente.
Cruzar el Riachuelo era un tema aparte. Aquí la comparsa se dividía en grupos. Mientras los fuelles y los bombos reptábamos por el asfalto del puente Almirante Brown, sin dejar de tocar, las carrozas y camiones se subían al transbordador y eran remolcados lentamente sobre el agua fétida.
Nos reorganizábamos al pie de ese fierrerío de tarjeta postal y allá íbamos rumbo al corso de la Boca: cuatro, cinco, seis cuadras de ida y otras tantas de vuelta, con parada en el palco al que subíamos primero los músicos y después las estrellas de la comparsa, el director y los cantantes que hacían sus reclamos y guasadas. La gente alrededor se reía con ganas, alentada por los bombistas, unos gordos rubios y rosados de tamaño descomunal, con pañales, cofias de bebé, chupete y otros inocentes adminículos desmentidos por la mirada fiera y el brazo implacable con que le daban al parche. Después de la canción de despedida volvíamos al puente y a la Isla, desde donde nos desbandábamos rumbo a distintos clubes y bailongos para seguir la fiesta. Al final de las ocho noches del Corso, el premio era siempre para la Como Salga.
Durante tres años trabajé en la comparsa, y los músicos empezaron a ser viejos conocidos. Mi favorito entre los acordeonistas era el flaco Augusto, un larguirucho de unos veintitantos años, de pelo larguísimo y que en los descuidos del Director contrabandeaba aires de blues y de rock en la cuasi milica Marcha de Calle. Me gustaban su rapidez, su inteligencia, y su disposición a ayudar al que sea. Él me enseñó muchos de los yeites y truquitos acordeoneros que usé después durante años. Así que en la calle formábamos un trío inseparable Augusto, mi primo Ernesto y yo, siempre al borde de perder el ritmo en un ataque de risa por un chiste oportunísimo o por un piropo entre tierno y guarango que el flaco disparaba a mansalva a cuanta minifalda se aproximara demasiado al cordón que nos separaba simbólicamente del público. Al flaco le gustaban los Beatles y tocaba Yesterday de una manera extraña y sutil.
Una noche, rumbo a La Boca, alguien propuso cruzar el riachuelo en los destartalados botes servidos por viejos marineros italianos, que cobraban unas chirolas por llevarte al otro lado. Bogar por el Riachuelo en esas cascaritas de maní puede parecer fácil, y serlo, siempre y cuando uno no lleve encima un instrumento de más de veinte kilos y el miedo petrificante de caerse a ese baño corrosivo y póstumo que amenazaba en las negras aguas del riacho tristemente célebre.
Pero varios de nosotros, llenos de un romanticismo controvertido únicamente por el sentido del olfato, nos animamos a embarcar. Los viejitos empezaron a remar al unísono y despacito para no salpicarnos con esa tintura indeleble en la que navegábamos. En medio de la noche quieta y estrellada, un bandoneón comenzó a tocar Ondas del Danubio. Era un buen chiste, pero la música nos fue ganando de a uno, y cuando llegamos a la orilla ya recibimos nuestro primer aplauso.
Y cruzar en bote se hizo tradición para nuestro grupito de fuelles. Una última noche de carnaval, que también iba a ser la última mía en la comparsa, nos embarcamos todos haciendo equilibrio con los instrumentos por encima de la cabeza. Los bombos ya iban cruzando por arriba del puente y los botecitos se largaron a navegar con los leves empujones de los remos. Yo andaba triste, no sé bien por qué. Tal vez la misma noche era fría y tristona, y el resto de los músicos apenas hablaba. Alguien empezó con Danubio Azul, pero el valsecito se murió en el re del tercer compás.
En el centro del Riachuelo, flotando sobre una costra de petróleo y mugre de siglos, bajo el arco enorme y oscuro del transbordador, el mundo empezó a doler. De alguna confusa manera sentí que ese país inocente y juguetón de los años cincuenta y los sesenta se estaba yendo para siempre y que a la década que empezaba la íbamos a tallar entre todos en un bloque de plomo y sangre seca.
Y fue ahí cuando desde el bote de al lado me llegaron las primeras notas del Yellow submarine y un ¡dale gordito, prendete!. Cuando miré para el lugar desde donde había venido la voz lo vi al Flaco, de pie, recortado contra la apenas niebla que empezaba a cubrirnos, tocando y bailando despreocupado, como si estuviera sobre el empedrado de la isla Maciel. El acordeón del flaco se metía como un cuchillo de colores en la noche hecha de silencio y carne negra.
Y allá arriba, en el puente, los bebés de los bombos escucharon y empezaron a seguirle el ritmo. Un poco a desgano pulsé unas notas en el teclado, pero después me entró a gustar. Y al rato ya éramos varios de pie, fabricando esa tonta marchita que nos venía desde el Támesis con niebla y todo.
Y justo ahí, cuando los tanos de los remos empezaban a putear en dos idiomas porque les íbamos a volcar las cascaritas, y los que iban en el transbordador asomaban las cabezas llenas de gorritos y pelucas, y todos chapurreábamos we all live in a yellow submarine, yellow submarine, yellow submarine, justo ahí asomó en el agua negra y podrida un periscopio amarillo y fosforescente, justo ahí, cuando yo tenía justo diecisiete años y era fácil cantar, reírse y llorar y era triste no saber que de esas cosas se hace la felicidad.

8. Yesterdaí


Why she had to go I don’t know, she wouldn’t say
I said something wrong, now I long for yesterday.
Yesterday love was such an easy game to play
now I need a place to hide away.

Lennon – McCartney
“Yesterday”
Album “Help” (1965)

A la manera de las “esperanzas”, aquellos microbios relucientes del gran Cronopio Cortázar, yo, más que viajar, me he dejado viajar por las cosas y la gente.
El hecho de haber nacido en un barrio poblado en su mayor parte por inmigrantes me dio una experiencia de trato cosmopolita con gente venida o escapada de los rincones más maltratados del planeta.
Villa Domínico, a su manera, era en los cincuenta y los sesenta lo que ahora son Londres, Berlín y Nueva York: un hervidero de razas y de culturas, una babel de lenguas y de acentos, un manual de geografía humana desordenado y palpitante. La diferencia es que en Villa Domínico nadie trataba de ser diferente. Todos tratábamos de parecernos a todos: desesperados conjuros contra la nostalgia, la morriña, la saudade, la malinconía.
Polacos, albaneses, uruguayos, griegos de Corfú, peruanos, alemanes, ucranianos, japoneses amables hasta la exasperación, árabes y turcos de ojos de higo de Esmirna, dinamarqueses extraviados, libaneses de cedro y arena, chilenos de cobre y ají, brasileros caídos del mapa, bolivianos de piedra callada, portugueses de costas irregulares, gallegos de risa fácil y palabra monolítica, judíos tristes de Varsovia y de Smolensko, sicilianos “del paese di Salvatore Giuliano”. Y también paraguayos. Muchos paraguayos de piel oscura y gestos claros y tensos como un arpa. Y paraguayas, por supuesto, dulces como los susurros y las sedimentaciones de su idioma-río, el guaraní.
Era 1972 y mis ocupaciones eran la adolescencia, la metalurgia, el quinto año de la escuela industrial, la militancia a la gauche, los poemas secretos de un amor que nunca pude confesar a la niña en cuestión, el fervor musical de Pescado rabioso, de King Crimson y de Emerson, Lake and Palmer, el sueño eterno de la revolución y la amistad, que más que una ocupación era un culto.
Este culto tenía templos intangibles: una canción de Serrat, un cruce de miradas, una tristeza de a muchos, la alegría feroz de encontrarse en la madrugada, una balada de los Beatles.
Este culto tenía templos tangibles: la esquina de Matanza y Cangallo, una banca de cemento a dos metros de la puerta de mi amada, mi cuarto de pisos de pino oloroso, un tren a repetición automática entre la Plata y Constitución.
Este culto tenía muchos templos, pero una sola fortaleza inexpugnable: la casa de la familia Alonso, paraguayos de pura cepa, de piel de tanino y algarabía constante. La familia Alonso era un pueblo de pájaros, de barro y de yaguaretés. Y estaban todos absolutamente locos, situación que, por contraste, aliviaba la rígida cordura de mi atmósfera familiar.
Padre, madre, dos hijos, una hija y un tío que no hablaba nunca vivían en una casa que era enorme para los modestos cánones arquitectónicos de mi barrio. Era una casa extensa, intrincada y profusa como las selvas del Paraguay. Un equipo de música de dimensiones alarmantes ocupaba su centro y era el objeto de las envidias de todos los que, como yo, no nos resignábamos al sonido de lata de nuestros “Wincos”. Desde ese monstruo estallaban a toda hora boleros, polkas y guaranias y gracias a ese monstruo el Pájaro campana disfrutaba de bosques altos y grandes como el mundo.
Fue esa cosa de parlantes del tamaño de ataúdes el que una vez sacamos a la vereda del Boulevard de los Italianos y desde el cual sonó por primera vez en esa parte del mundo la voz de Luis Alberto Spinetta:

“Todo camino puede andar
todo puede andar:
las almas repudian todo encierro
las cruces dejaron de llover...”

Esa parte del mundo, que abarcaba específicamente unas cuantas cuadras a la redonda, nunca nos agradeció nuestra preocupación por elevar el nivel cultural y musical del barrio.
Pero eso fue apenas despuntado el verano que ardió entre 1973 y 1974, mientras Juan Domingo Perón vivía sus últimos meses ocupado en forjar y ahuecar el cáliz que nadie iba apartar de nosotros.
Era todavía 1972, y el gran tema de todos era el regreso de Perón, que seguía exilado en España. Las paredes de todo el país estaban cubiertas por el mismo graffiti: luche y vuelve.
Por aquel entonces vino del Paraguay el primo Papi. El primo Papi era descendiente de guaraníes y alemanes, era subteniente del Ejército de Reserva del Paraguay, era experto karateca, era de familia pudiente, con pinta de galán mexicano, enemigo acérrimo de Stroessner y ferviente admirador del Che. El primo Papi sabía tomarse una botella de whisky sin pestañear, salir de putas, armar peleas multitudinarias y echar llamaradas por el culo mediante el simple expediente de acercarse un fósforo encendido al orificio de salida de los gases de la digestión. El primo Papi se convirtió rápidamente en nuestro héroe, en el hermano pródigo de mis amigos Ricardo y Antonio y en el novio de Felicia, la hija mayor del matrimonio Alonso.
Yo era su asesor de política argentina. Después de una acalorada discusión que duró una noche y un día, logré convencer a Papi de la inconveniencia del regreso de Perón para los intereses de la clase obrera de América del Sur. A la noche siguiente Papi se calzó sus negras vestimentas ninja y armado de un tacho de pintura roja y un pincel salió a las oscuras calles de Villa Domínico.
Por la mañana muchas paredes del barrio también habían cambiado de opinión: luche “o” vuelve. La o roja pintada con meticulosidad por encima de la “y” era un grito que nadie quiso o supo escuchar. Perón volvió. Y se murió. Y nos dejó de regalo a Isabelita que nos endilgó a López Rega que nos sumergió en un baño de sangre que fue como una sórdida alfombra para las botas de Videla, Massera y toda su banda de ladrones y asesinos.
Pero era 1972, y la masacre de Trelew no había sucedido aún y la vida nos corría lentamente entre los dedos, y nos enamorábamos a cada rato y suspirábamos mirando de reojo la foto de Reina, la hermana de Papi, que era rubia y dorada y reinaba en nuestros sueños desde el inalcanzable Paraguay. Los Alonso tenían otros parientes que yo no conocía, dueños de una cadena de heladerías diseminadas por todo el territorio paraguayo y cuya heredera era la prima Alice. Vender helados en el trópico es el sueño del rey Midas hecho realidad y sin más riesgo que el tener las manos un poco pringosas de crema de leche y de dólares. La prima Alice era muy, muy rica. Y en mi fervorosa imaginación de adolescente su nombre de resonancias nórdicas me susurraba que Alice era, como Reina, rubia y etérea, y a la vez lujuriosamente tropical.
Una noche de casi primavera yo volvía con mi acordeón a piano de uno de los interminables ensayos de la comparsa “Como salga” y, aprovechando que el colectivo me dejaba a metros de la casa de los Alonso, allá fui en mi cotidiana visita. En la casa de los Alonso siempre había música, licores y sopa paraguaya, ese manjar que, a pesar de su nombre, es absolutamente sólido y absolutamente delicioso.
Encontré a toda la familia reunida alrededor de un gigantesco grabador Akai, de cinta abierta, que giraba ominosamente sobre una mesita ratona. Estaban grabando sus voces para enviarlas de regalo a los parientes del Paraguay. Fui presentado al Akai como amigo, músico y curepí, ( “piel de chancho”, que así nos llaman los paraguayos a los argentinos desde la Guerra de la Triple Alianza, cuando Argentina, Brasil y Uruguay se complotaron para destruir al Paraguay, por entonces el único país realmente independiente de los imperios del norte. En Paraguay quedaron solamente mujeres, niños, viejos y ruinas. Y el cadáver acribillado de Francisco Solano López. Y una rabia que no olvida.)
- Bruno es curepí, pero buena persona - me introdujo Antonio, el menor - Y toca el acordeón.
Inspirado por el ardoroso soplo de Eros en mi subconsciente, decidí que era hora de ampliar mis horizontes afectivos a niveles internacionales y entonces, tomando el acordeón, anuncié con mi mejor voz que iba a interpretar“Yesterday”, de Lennon y McCartney. Y que se lo dedicaba a la prima Alice.
Ocupado como estaba con botones y teclas, no alcancé a ver las silenciosas miradas que se cruzaron en todas direcciones.
Una mañana, varios meses después, vino a mi casa Ricardo, el mayor de los varones. Tenía el aire ceremonioso y apresurado de un enviado del rey que acaba de cruzar selvas y desiertos para llevar la palabra de su soberano hasta territorio infiel, y a la vez sufre estoicamente irrefrenables ganas de ir al baño.
- Vino mi prima Alice.
- Ah. Qué bien.
- Vino a verte a vos.
- ¿Qué?
- Está enamorada de vos.
- ¿Qué?
- Que está enamorada de vos. Se tomó un avión esta mañana. Sin avisarle a la familia.
- ¿Cómo puede estar enamorada de mí? ¿Está loca?
- No está loca. Después de lo que hiciste vos ¿qué querés?
- ¿Y qué hice yo?
- No te hagás el boludo, curepa. Vos sabés bien lo que hiciste: le diste una serenata.
Para mí una serenata incluía obligatoriamente un balcón enrejado, madreselvas o jazmines en flor, una luna llena y un grupo de aguerridos y vistosos mariachis. Nada que ver con grabadores japoneses ni acordeones.
- Eso no fue una serenata – dije con lo que me quedaba de voz.
- Sí fue una serenata. Y en Paraguay una serenata es una declaración de amor. Así que vamos, vestite bien, que te quiere conocer... – hizo una pausa socarrona – ...primo...
De nada sirvieron mis aterradas excusas. Había que ir y enfrentar la situación. Me puse mis mejores galas: jeans gastados a cepillazos y con heroicas hilachas en la botamanga, camisa de franela de diseño escocés, borceguíes militares, y, a pesar del calor, chaleco de lana azul y negra. Me peiné con los dedos el cabello y la barba, que caían simultáneamente en ondas rojizas hasta la mitad del pecho. Me tomé un largo trago de ginebra y me calcé con mano ahora poco firme los anteojos de montura gruesa. Finalmente, para tener las manos ocupadas, eché mano de un libro. Creo que era “El lobo estepario”, de Herman Hesse.
- ¿Estoy bien?
- Le vas a encantar, primo. ¡Apurate, Añang- membuí!
De lo que sucedió después guardo pocos detalles en la memoria. Recuerdo la boca seca, las manos húmedas, la imagen de una diosa rubia bailando sensual frente a mis ojos, la puerta de calle, el tul mosquitero que alcancé a entrever en la casi siempre cerrada y misteriosa habitación del tío mudo por voluntad propia, los sillones de cuerina beige del living y la voz de Ricardo diciendo:
- Alice, éste es Bruno.
- Hola.
- Hola.
Ésa fue toda nuestra conversación.
Ella vio una especie de Yeti de pelambre rojiza, entre hippie e intelectual, sudoroso, torpe y aterrado y que olía a bares de mala muerte.
Yo vi un amable y perfumado chimpancé a duras penas empaquetado en un vestido de Dior.
Esa tarde Alice tomó un avión de regreso. Nunca más supe de ella. Ni ella de mí.
Sin embargo, después de más de treinta años, cuando escucho “Yesterday”, todavía me obseden diosas rubias, chimpancés vestidos de seda y las carcajadas burlonas, que duraron meses, de mis amigos del Paraguay. Y todavía necesito, no sé si para reírme o para llorar, a place to hide away.
Treinta años pasaron, como pasa un río de barro. Y parece que fue ayer.


A Ricardo, Antonio, Felicia y Papi.
Y a Alice, que tal vez no era fea
(ninguna mujer puede ser fea a los dieciocho)
sino más bien víctima inocente
de mi desaforada imaginación.

9. Birthday



You say, it’s your birthday
we’re gonna have a good time
yes, we’re going to a party party!

Lennon – McCartney
Birthday
White album (1968)


Pobres pero industriosos, los habitantes de Villa Domínico y zonas aledañas de nombres tan incompatibles como Wilde o Sarandí, no solíamos arredrarnos por dificultades de índole más o menos económica. Siempre había soluciones a mano, trátense éstas de asegurar el pan nuestro de cada día o la resolución de algún problema habitacional. Como prueba, ahí pueden verse las plantitas de tomate trepando por sus andamios de caña, las gallinas proliferando felices entre sus tesoros de maíz partido y pan duro, o los vecinos juntándose los domingos bien temprano para llenar esa losa de hormigón armado debajo de la cual se cobijará en un futuro más o menos cercano la familia de tal, losa que será coronada victoriosamente al final del día con una rama de árbol recién cortada, señal de triunfo y conquista, gallardete que dice: aquí hay gente pobre pero solidaria, parece que no hay más remedio que darle la razón al lugar común, todo tiempo pasado fue mejor.

Corría, tal vez, 1974. Y no se puede decir, en honor a la verdad, que aquel fuera un tiempo mejor que éste. Pero éramos jóvenes y eso cuenta. Éramos jóvenes y todos teníamos uno que otro sueño, que ya es mucho decir: recorrer el mundo, conquistar por fin a esa vecinita de ojos líquidos y curvas mareadoras, hacer de una vez la revolución. Pero si hay que hablar de un sueño en común, es necesario decir: la música. No había cuadra en la que en algún garage no atronaran una guitarra eléctrica, un bajo y una batería. Rock, funky, jazz rock, soul, ritmos que nos habían sido inyectados por el Imperio en forma intramuscular y endovenosa, pero no cerebral: las letras eran en castellano, tal cual lo dictaba la buena conciencia popular y nacional y lo exigía nuestro total desconocimiento del idioma inglés.
Una noche, en casa de los Alonso, en donde nos juntábamos a jugar al truco y tomar ron, cerveza, mate, caipirinha, tereré , whisky, café y vodka, el orden de los factores no altera el producto pero sí la estabilidad física y emocional, Carmelo, también llamado el Piguyi, vino con la gran noticia: había logrado comprarse dos o tres cascos de una batería marca Rex. La buena nueva estaba respaldada por la contundente presencia de bombo, redoblante y tom-tom: el grano de arena alrededor del cual se formaría la soñada perla del grupo musical propio. Creo que esa misma noche le pusimos nombre: Yeti. Y el tiempo daría total respaldo al flamante apelativo. Los resultados de aquella primera empresa musical fueron abominables.
Pero no nos adelantemos a los acontecimientos que, aún en historias mínimas como ésta, merecen desarrollarse con la parsimonia y la majestad acordes al paso del Padre Tiempo, que viene de tan lejos y sin dar señales de cansancio, pobres de nosotros.
Reunidos alrededor de ese maravilloso, maravilloso mundo nuevo hecho de maderas curvadas sobre sí mismas en un arco imposible y de parches estirados por relucientes clavijas de plata, comenzamos a soñar a Yeti. Lo primero era el recuento e instrumentos y armar la lista de sus respectivos ejecutantes.
Piguyi: batería.
Más allá todo era excitante misterio. El flaco Juan se propuso para guitarrista. Tenés guitarra. No. Pero voy a tener. Bueno. Rubén, el Turco, apelativo equívoco dado sus ascendientes ucranianos dijo: yo, el bajo. Tenés bajo. No. Etcétera.
Todos me miraron.
- Vos: teclados.
- Pero no tengo teclados. Tengo un acordeón.
- El acordeón tiene un teclado – la del flaco Juan no era una pregunta.
- Sí-
- Entonces: vos: teclados. Y podrías escribir las letras.
- No sé escribir canciones.
- Bueno, Piguyi no sabe tocar la batería. ¿Y?
Así es el Flaco: una lógica de hierro al servicio del caos.

De esta manera sumaria quedó conformado Yeti. Tres cacerolas laqueadas de azul, un acordeón de fuelle asmático y tres cuartos de su formación instrumental varados en un futuro incierto. Del presente mejor ni hablar.

Pero los caminos de los dioses de Villa Domínico son misteriosos e inescrutables. Al poco tiempo el Turco tenía su bajo y el Flaco su guitarra eléctrica. Ya nada podría detenernos. La pieza en casa de los Alonso pronto quedó chica, y nos mudamos con todos los bártulos a un quincho erigido en los fondos de la casa de Piguyi. Y comenzaron las sesiones de composición. Habíamos decidido saltearnos la fase imitativa. Componer nuestros propios temas era infinitamente más arduo, pero mucho más digno.
El método era simple: alguien proponía una línea melódica, y después, por turnos, cada instrumento buscaba su parte por el método de ensayo y error. Descrito así, fríamente, tendremos apenas una pálida idea de lo que sucedía en esas largas horas de sábado y domingo. Es como decir: en el sitio de Stalingrado se enfrentaron los rusos y los alemanes. O: los pájaros descienden de los dinosaurios, o ascienden, deberíamos decir, dada la vocación aérea de la mayoría de estos animalitos. Estas simplificaciones atentan contra la verdad, y es que la verdad es demasiado compleja para ser vertida, en una simple secuencia de palabras como ésta, con todas sus aguas, corrientes y marejadas. Así que mejor lo dejamos así.
El trabajo era duro y a pesar de todos nuestros esfuerzos, la cosa no avanzaba. Un domingo terminábamos un tema y al sábado siguiente ese tema amanecía otro. Nunca sonaba igual que en nuestras memorias. Propuse escribir las partituras. La solución se descartó por su escasa practicidad, ya que, en conjunto, carecíamos de los conocimientos adecuados para lograr una notación musical legible. El problema estaba en la melodía. En las armonías no, ya que habíamos decidido posponer los trámites engorrosos hasta más adelante. Pasaron las semanas. Y las semanas, hermanadas por el oficio de transcurrir insensibles, se convirtieron en meses. Y no podíamos salir del primer tema. A esta altura, yo estaba razonablemente seguro de que mis fraseos en el teclado del acordeón eran siempre los mismos. Lo mismo podía decirse del bajo. Pero el desacuerdo con la guitarra del Flaco era total, y distinto cada vez. Anotamos las posiciones de los dedos sobre el diapasón. El flaco pulsaba cada cuerda en el traste correcto, siguiendo escrupulosamente las indicaciones de los jeroglíficos garrapateados sobre una hoja: nada. Misterio total. Desaliento. Parecía cosa de brujería.
Una tarde, mientras nos mirábamos abatidos, los instrumentos colgando como animalitos muertos sobre nuestras rodillas, una idea destelló dentro de mi cansado cerebro.
- Flaco, tocá un mi.
- ...
- La cuerda gorda de arriba, al aire.
Mientras el Flaco pulsaba el mi, fui rastreando la filiación del sonido en mi teclado.
- Eso no es un mi. Es un do sostenido. A ver, tocá un la. No, la otra cuerda.
- Ajá. Eso es un mi. Decime, Flaco: ¿cuándo fue la última vez que afinaste la guitarra?
- Bueno, afinar, lo que se dice afinar...
- Flaco – dijo el Turco, que ya había entendido - ¿alguna vez afinaste?
- Eeeehhh... No.

Resuelto el Misterio de las Melodías Cambiantes, comenzó para Yeti una época de alta productividad digamos que musical.

Más allá de los resultados extremadamente dudosos de nuestras indagaciones instrumentales, nos divertíamos en grande. Todo era coser y cantar. Escuchábamos a Emerson, Lake & Palmer, a Yes, a Hermeto Pascoal, a King Crimson y tratábamos de traducir el rock sinfónico con nuestras pobres herramientas tercermundistas. El padre de Piguyi, un italiano próspero y amigable, que había cifrado grandes esperanzas en el futuro musical de su retoño, asomaba de tanto en tanto la cabeza por la entrada del quincho y trataba de sonreír frente a los embates experimentales de Yeti, que a sus oídos deben haber sonado como el alarido amplificado de una cucaracha antes de ser pasada a degüello. Se alejaba meneando la cabeza y renegando en su hermético dialecto siciliano.
Al cabo de los meses, del caos sonoro comenzaron a recortarse formas más o menos presentables a nuestros oídos y comenzamos a pensar en firme en nuestra proyección profesional.
Había un problema por el momento insalvable: ningún grupo de aquella época hubiera cometido el sacrilegio de tener entre sus instrumentos un acordeón a piano. La world music todavía no había salido al rescate de éste y otros fenómenos más o menos pintorescos. Con un acordeón se podía hacer cumbia, no rock. Era un baldón. En los grupos de verdad, los órganos Hammond, los sintetizadores Moog, los pianos eléctricos Yamaha se alzaban como torres inescalables para nuestros pobres presupuestos y, frente a esa parafernalia, cuyos teclados parecían reírse de nosotros sarcásticamente, mi pobre acordeón sufría una crisis de autoestima. Vistas las cosas desde hoy, se podría decir que éramos adelantados a nuestro tiempo. Ojalá hubiéramos sido también más lúcidos.
El escollo era insalvable para mi escarnecido bolsillo y anuncié que estaba dispuesto a dejar el grupo: me sentía una rémora antediluviana deteniendo el progreso musical de Yeti.
Pero, como decíamos al principio, la gente de Villa Domínico y de Wilde es pobre pero industriosa, y así fue como el Turco y el Flaco pudieron proponer una solución heroica: si no podemos comprar un teclado, pues entonces lo fabricamos, qué joder. Ambos eran estudiantes de electrónica en mi vieja ENET 3 de Avellaneda. El padre del Flaco tenía una carpintería. Estaba el recurso humano. Estaba el recurso material. Estaba el coraje. Allá fuimos.
Buena parte de mis sueldos quincenales se fueron convirtiendo en diodos, transistores y otras chucherías de nombres misteriosos, que comenzaron a ser ensambladas por el Turco con una paciencia china. La sección mecánica y mobiliaria era responsabilidad del Flaco. A mí me pusieron a cargo de la tediosa tarea de lijar, pulir y pintar cada una de las setenta y tantas teclas de madera dura, que, dispuestas en orden sobre diarios viejos, tecla blanca, tecla negra, blanca, negra, blanca, negra, blanca, blanca, ya comenzaban a esbozar una tímida sonrisa frente a los sardónicos teclados de Wakeman y de Emerson, quien ríe último ríe mejor.
Los esfuerzos que demandó el ensamblaje final de las piezas merecería inscribirse en alguna lista, si no en el de las grandes hazañas humanas, sí en las de la perseverancia y el ingenio, las mismas virtudes que nos han hecho abandonar, para bien y para mal la posición cuadrúpeda, la desnudez, los gruñidos y rebuznos de la era prelingüística y el consumo de bayas, raíces y otras porquerías recolectables y a todas luces de bajo contenido proteínico.
Tal vez un sábado, tal vez un domingo, nuestro teclado quedó listo. El acabado exterior había sido contribución del padre del Flaco: el Yetison, tal el nombre con que fue bautizado el adminículo, estaba forrado en vistosa cuerina color borravino y amorosamente almohadillado, debajo de esa piel sintética, con finas lonchas de espuma de goma. El Yetison era alegre a la vista y suave al tacto. Olía a nuevo. De su sabor no podría dar fe, ya que no había sido hecho para hincarle el diente.
En otras palabras: el Yetison satisfacía u, al menos, obviaba, cuatro de los cinco sentidos, una buena marca, estadísticamente hablando. Pero, ya es de dominio público, las estadísticas mienten. Los políticos y los economistas lo saben mejor que nadie.
El único de los cinco sentidos humanos, no hablemos del sexto ya que eso sería entrar en terrenos metafísicos y acá estamos esperando resultados cantantes y sonantes, el único sentido que el Yetison era incapaz, mínimamente, de satisfacer, era, duele decirlo, el del oído.
Los sonidos que este aparato emitía me resultan indescriptibles hasta el día de hoy. En sus mejores momentos hacía pensar en flautas y oboes estrangulados con medias de nylon y colgados para que se pudran a las entradas de la ciudad, fúnebres advertencias como las que se solían hacer, no tanto tiempo ha, a piratas y malhechores que tuvieran o tuviesen la peregrina idea de venir a turbar la paz del burgo.
Y no solamente sonaba mal: como impulsadas por una inexplicable vocación ácrata, cada octava se expresaba con una voz distinta y en distintas alturas, con una total falta de respeto por el buen orden establecido por la frecuencia vibratoria, los bajos a la izquierda, los altos a la derecha, los sonidos que nos son ni altos ni bajos al medio, me hacen el favor. Nada de eso: las escalas del Yetison eran las de una montaña rusa. Y producían los mismos efectos: mareo y náuseas.
A lo hecho, pecho: recomenzamos los ensayos y, esto hay que decirlo, de las peculiaridades sonoras de ese engendro salieron un par de buenas y creativas ideas.

Habíamos llegado a ese momento de madurez artística en la que resulta impostergable hacer públicos los resultados de tanto ensayo y tanto desvelo creativo. Era hora de que Yeti hiciera su presentación en sociedad. Y, aunque a la ocasión la pintan calva, esta ocasión en particular vino representada por una abundante pelambre de estilo afro: el Bocha, compañero de escuela y de andanzas del Turco y el Flaco, nos invitaba a ser el número vivo en la fiesta de cumpleaños de su hermana, primorosa y flamante quinceañera.
Tal vez por pesimismo natural, tal vez porque por alguna razón inconsciente he terminado siendo el Superyo de cuanto grupo o asociación he integrado, opiné:

- Me parece que no es un buen lugar ni momento para dar a conocer nuestras cosas.
- Por qué - dijo el Flaco, que decidida y alegremente ocupaba el lugar del Ello
- Por que esto que hacemos es, no sé, experimental, digamos.
- Va a estar lleno de minas.
No supe qué responder a esa lógica de estilo zen. Y allá fuimos.

Nuestro número, único, por otra parte, estaba programado para las dos de la mañana. Guiados por la oscura conciencia de que después del recital no habría oportunidad alguna, los integrantes de Yeti nos dedicamos a deglutir y trasegar todo cuanto ponían a nuestro alcance, que era mucho y bueno, ya puede entenderse por esto que estamos hablando tanto de los víveres y bebestibles como del alcance de brazos y mandíbulas.
Mientras disponíamos y enchufábamos instrumentos y equipos, los dueños de casa, la fiesta era de las de antes, de las que se armaban en los patios cubiertos de parras cargadas de racimos y de toldos alquilados para la ocasión, fueron distribuyendo las sillas en primorosos semicírculos a tres o cuatro metros de nosotros. Allí se sentaron la niña homenajeada, sus padres, el Bocha, las tentadoras damiselas invitadas que en primera fila atentaban con sus minifaldas contra la debida concentración esperable en nuestra primera presentación profesional, y el resto de los invitados: tías, tíos, vecinos, colados y un señor, desconocido para nosotros, que evidenciaba estar envuelto en una densa atmósfera etílica.
Arrancamos con el primer tema. El Yetison provocó un sobresalto en la platea. Y después no provocó nada más, porque dejó de funcionar la mitad del teclado. La otra mitad no, como comprobamos todos cuando, desalentado por la contrariedad, me apoyé sobre la almohadillada tapa superior, lo suficientemente flexible como para accionar a la vez los contactos de treinta y pico de notas, que salieron aullando del parlante como una caterva de demonios babilónicos.
Consultando desesperadamente con la mirada, recibí la consigna enviada de la misma manera por el resto del grupo: el show debe continuar. La decisión había sido tomada por mayoría, así que la acaté democráticamente, puse mi mejor cara de piedra, apagué subrepticiamente el Yetison y me limité al ejercicio de la mímica: vistosas piruetas a dos manos sobre el teclado muerto. Llevado por un histrionismo desconocido en mí hasta el momento, ejecuté mis mejores páginas musicales en absoluto silencio, silencio de todas maneras obliterado por el barullo infernal que hacían los otros tres.
La platea se fue despoblando como atacada de una peste repentina. Las primeras en huir fueron las damiselas, seguidas por una nube de admiradores adolescentes que, sabiamente, habían sospechado a tiempo que a los fines de la reproducción de la especie la música experimental no era el mejor de los caminos. Después se levantaron las tías y tíos. Los padres y la quinceañera aguantaron cuanto pudieron y después huyeron un poco tímidamente, perdón, hay que atender a los invitados. Después se fue el Bocha, apesadumbrado por esta especie de traición a los amigos, exigida sin embargo por el mero instinto de supervivencia.
Los últimos dos temas los ejecutamos en exclusiva para el solitario borrachín, que ya se había agenciado de una nueva botella de vino para escanciarla de tanto en tanto en alguna de las copas que coleccionaba debajo su asiento y que después levantaba en nuestro honor gritando bravo, bravo, bien por los músicos, ahora tóquense un tango.

Podrá suponerse que esta catástrofe significó el final de Yeti. Lejos de eso. No hizo más que confirmar el rumbo elegido: la nuestra no era música para cualquiera, ladran Sancho, señal que cabalgamos, señor. El grupo sobrevivió varios años todavía, con distintas formaciones, y con la inclusión de músicos más que buenos. Llegamos a sonar aceptablemente y hasta el padre de Piguyi volvió a sonreír, una vez, cuando escuchó una versión de “Bithday” que yo acompañaba aceptablemente en mi nuevo teclado. Un aparatejo que tenía mejor aspecto y sonaba muchísimo mejor que el Yetison, es cierto, pero carecía de su aura romántica y artesanal.
Algunos de los yetis llegaron a dominar notablemente sus instrumentos. Piguyi y el Turco, por ejemplo, quienes se internaron por un tiempo en los vericuetos del free jazz. En el 78 el Flaco se fue de guardaparque a los lagos del sur. Durante su año de instrucción, con el solo auxilio de un serrucho, una garlopa y su previa experiencia como luthier, se fabricó una guitarra criolla con la que amenizar sus ratos libres en la Isla Victoria.
En el 79 yo partí a mi exilio interno. Nunca volví a ejecutar un instrumento en público, pero viví, todos estos años, rodeado de músicos, mala y necesaria peste. Y también escribí la letra de algunas canciones que ahora andan dando vueltas por España. Siempre he sido, para la música, un perro fiel. Es justo dejar testimonio, entonces, de aquellos primeros ladridos.


A Rubén y Adriana Turk.
A Juan Salguero
A Paula Turk, por quien escribí esta historia.
Al Bocha, que se fue demasiado pronto.
A Carmelo Ceraolo, Héctor y Raúl Guzmán, Fito
y todos los otros Yetis.


Paul Mc Cartney: Birthday